Bobby Perú

Tengo la costumbre de levantarme cinco o seis segundos antes que el despertador “k-i-k-i-r-i-k-o”

El histérico invento de los subnormales japo-chinos que me regaló Marie.

Y antes de que Laura me susurre “¿Te vas?” o “Baja la basura” o “Cambia (si eres tan amable) la arena a Minuto” A Minuto. Nuestro (su) gato gordo (castrado) tengo el café preparado.

Y calentado la leche en el fuego (por mucho que ahora la gente la hierva en el micro o la sirva fría)

Y un huevo cortado a la juliana y el pan duro para cinco o seis o doce tostadas.

Tras encontrar el azúcar leo en el periódico de ayer (o en el del domingo) las necrológicas.

Luego masajeo los pechos de La.
(Con mucho cuidado)

Así es que se levanta sonrosada y febril.

Mientras me ducho pongo tangos (o fados) (o canciones brasileñas) Y los canto como si supiera la letra desde chico.

Tengo la costumbre de recordar a Marie mientras recojo las migas.

A Marie que tiene los ojos del color de las sábanas verdes que compró hace no mucho mi suegra (Adelaida)

Y pienso luego en Alicia y en su bata semi-abierta (roja-rojísima) y en su marido alto-altísimo.

Mientras repaso la agenda llamo a la oficina para decir a Susana (mi secretaria) que “ya voy” y que “me prepare un café” (de máquina) que “me lo ponga en el escritorio” removiéndolo bien-bien como si fuese para ella.

Beso a La y le acaricio los labios con el bigote antes de salir de casa.

Antes de esperar al autobús de la línea ocho.
Siempre infestado de crios.

Cuando tarda, que es siempre, contemplo las uñas de mis manos.

Calculo cuanto hace que no me las arregla la pedicura (Aurora)

O cuanto han crecido desde el día anterior

Y es entonces cuando la momia de Lenin se me aparece. Al mirarme las uñas, o al escapárseme un mechón por la bañera, surge de la nada la majestuosa plaza roja.

Moscú.

Un anuncio que vi hace años de vodka fabricado en Sebastopol y la niña que por dos rublos bien puede ser mía por siempre jamás.
Y cuando estoy casi a punto de entender porqué se aparean las hoces con los martillos es cuando se abren las puertas.

Y cuando se abren ya solo pienso en encontrar un hueco libre.

Y si lo encuentro me concentro en no perderlo.

En que ninguna anciana suba durante el trayecto.

En que ningún mutilado de guerra venga a tocar el jodido acordeón.

En el sudor áspero del conductor. En mi aliento de mosca.

Y ya no en la plaza roja. No en la niña barata. No en la momia de Lenin.

Y el anuncio de vodka me parece antiquísimo. Como si lo hubiese soñado.

En el camino pienso en los leotardos de mi hija. Y en los cabrones depravados.

También en el día que me espera y en Susana (mi secretaria)

Pienso con tanta fuerza en el color de su pintalabios que a veces creo que lo modifica a mi antojo.

V-i-o-l-e-t-a teclea mi cerebro. Y al llegar a la planta vigésimo sexta…Mi querida luce una sonrisa purpúrea.

R-o-j-o P-a-si-ó-n… Y ahí están sus dos carnosos y apetecibles labios enmarcados en carmesí.

Al atravesar la diagonal suelo pensar en guarrerías.

Nada complejo, nada aberrante;

Un documento que vuela en una reunión con mi superiora y que alguien (la camarera, mi jefa, una actriz famosa, Laura…) se encarga de recoger entre mis pies mientras me masajea el pene.
Un fax atascado. La chica de mantenimiento. Su primer día. Una falda plisada.

En fin. Cosas así.

La erección no suele aguantar hasta el final de trayecto. Mi miembro se desinfla al atisbar las oficinas.
Un enorme edificio inteligente me espera.
Al decir inteligente he de explicar de qué tipo de edificio se trata;

Para empezar las puertas de entrada están conectadas a ordenadores muy sofisticados.
Eso quiere decir que día sí, día también, fallan.

Luego esa voz femenina bastante cachonda dando la bienvenida al recinto e informando sobre las condiciones metereológicas.

La mayoría de los días el parte es sospechosamente optimista.

En cuanto a las medidas de seguridad brillan por su ausencia;
Si un día me diera por comprar un rifle e intentara cargarme a todos mis compañeros de trabajo sospecho que la propia empresa me regalaría una docena de cartuchos.

Los baños se limpian automáticamente. Tengo un margen de tres minutos para mis necesidades básicas.

Por supuesto está prohibido fumar.
Y los ficus son de plástico.

Mi nombre es Bobby Perú.
Ese es mi estúpido nombre inventado.

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