Brion Lebunny

Y al tiempo que despedimos a los más «osados» del grupo, que parten con la noble misión de colonizar tierras bretonas, les dejamos en manos de nuestros muy queridos «zánganos condales».

Texto, Vladimir Laxa. Ilustración, Javier Arce (autor también de la portada de la revista).

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A Vito Gallo

Aprendieron los jóvenes maléficos a cultivar ajenjo (furioso golem de verdes ojos) en la azotea y huía espantado Brion Lebunny cada vez que se convocaba una nueva fiesta en el piso.

El ajenjo (jilguero de rubí) adulteraba tanto la percepción del que lo consumía, brillaban tanto sus pupilas que parecían sumideros ebrios sobre las cuencas de los ojos… Adulteraba tanto la percepción —ya digo— que nohabíamanerahumanadiablosdeescribirunalíneasinfaldasdeortografia.

Aprendieron los jóvenes maléficos a administrárselo a nuestro Brion Lebunny sin que lo supiese. Cuando lo hacían, veía cosas horribles. Buen ejemplo de ello eran los cráneos de generales franceses con murciélagos bicéfalos enroscados en jazmines por sombrero, o los dientes de gato, distribuidos en platos como comida para aves vigías del parnaso… Además, molestos ancianos vestidos tan sólo con chanclas se amontonaban sobre un televisor de ébano y bebían distraídos zarzaparilla. Cosas terribles, el pobre… Surgían de los haces de luz, divinas orgías de mujeres cuyos pechos estaban cubiertos de muérdago y los clítoris fumeteaban palabrotas tales como hijodegrandísimafulana, intentaban alzar el vuelo dedos que habían afanado diamantes marfileños de los cajones y (en ocasiones) el mismisisisimo Barrabás, enfundado en un traje espacial color miel de la Alcarria, le daba de lo lindo al grog codo con codo con el cónsul irlandés de Valparaíso bajo el volcán.

Y se cagaba en diosyensumadre mientras pensaba para él: “Lo han vuelto a hacer”, y es que se veía nuestro heroico protagonista conducido del brazo del opiáceo (kaleidoscopio de caléndula) hasta la nevera en plena madrugada sin saber bien por qué ¡diablos! y sentía tanta hambruna que se proclamaba Oliver Twist por el pasillo mientras gritaba ¡¡¡¡ostiaputaaa!!!!

Aunque volviese saciado a la cama no tardaba en verse fotografiado en cada vidrio, criaturita, con la cara tan desencajada como un peso pesado después de haber perdido el título mundial (no precisamente a los puntos) contra uno de esos negratas del Bronx con nombre de trapero.

Aunque hubiese devorado delicioso emparedado de atún en escabeche y mayonesa con aceitunas verdes rellenas de anchoas y aceitunas negras con hueso, el ajenjo le hacía cosquillitas en la planta de los pies y se sentaba a la altura de su caja torácica susurrando: “Eres tú, esta bola de cheedar eres tú, chiquitín, este trozo de carne a la brasa que pronto vomitaré, eres tú, pequeñajo, cachorro de marsupial” y negaba tan fuerte con la cabeza que siempre acababa dándose contra alguna pared.

Oía carcajadas, nuestro Brion Lebunny, mientras depositaba sin elegancia alguna alimentos en la taza de váter. Risas desbocadas que se abrían camino sobre su nuca, mientras —ya digo— echaba a perder un embutido de primera… Después, otra vez el hambre, atrapado como un pájaro en la barriga de un adolescente somalí, arañaba las entrañas del tierno Brion Lebunny que suplicaba un trozo más de pan, un poco más de comida “por favor” —clamaba— y las risas cesaban ya por un nano-segundo para volver con más alegría a sobrevolar aquel piso de estudiantes…

Y Brion Lebunny, que cursaba primero de ciencias exactas en la Autónoma, que calzaba un cuarenta y dos, que se leía el prospecto de los profilácticos porque era alérgico a noséqué, cuyo estómago era lo suficientemente duro como para echarle un centenar de polvos a su rolliza y fea novia.

Brion Lebunny, que hablaba con la boca llena, que se afeitaba con una navaja herrumbrosa, que arrastraba los pies y tarareaba ese estúpidoestúpido tema de Neil Diamond mientras preparaba té, que se rascaba los huevos prácticamente la mayor parte del día y fumaba esa mierda de tabaco de liar llenando la moqueta de hebras, que apestaba a neo burgués y que se comportaba como un bañista vacacional.

Brion Lebunny, al que Jules y Jim aburrió mortalmente (sic) dejándola sin rebobinar, que encontraba todo tan barato, todo tan bonito y que / nunca, jamás, nunca / había oído hablar de Viaje al final de la noche, se agarraba las saciadas tripas y gimoteaba.

Salió esta mañana cargado con sus cosas, como alma que lleva el diablo, cargado con sus maletas camino de la hermosísima Buffalo que le vio nacer. No hemos tardado mucho en poner un anuncio en la prensa, calculamos que esta misma tarde vendrán los primeros jovenzuelos rosados a visitar nuestra bella habitación en alquiler*.

*Hemospensadoaumentaren30$elpreciodelosgastosestadulceflor(musgoenlaaxiladeldemiurgo)nosestádejandocasisinBlanca.

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