Cándida en el cielo

Homenaje al tiempo de la inmortalidad y los pantalones cortos, por Antonio Toribios (Emberiza calandra). Collage de Teresa Varela.

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Cándida en el cielo
por Antonio Toribios

Cuando no era mortal me gustaba jugar a representar pantomimas que a menudo acababan en efímeros perecimientos. Entonces aún teníamos pantalón corto y la vida era un sinfín de proyectos no formulados que se alargaban más allá de nuestro propio concepto del tiempo. La verdad es que ni Emilio, ni Rufino, ni yo mismo, nos planteábamos todo eso cuando jugábamos a contar historias en el rellano de la escalerilla que subía hasta la avenida.

Ahora veo la proyección de mis recuerdos en la pared desconchada del patio interior, patético cine de intemperie en estos mis días grises en que tanto pienso en el transcurrir de todo. Paso aquí el tiempo que no estoy en la sucursal o vagando sin rumbo por las calles de esta ciudad enloquecida. Trato de meditar con disciplina, de escribir algo, de seguir las pautas que nos propone Marta en la academia, pero casi siempre acabo rememorando hechos de la infancia. De hecho, en el grupo tengo ya el sambenito de profesional de la nostalgia.

A veces subía a la buhardilla, a instancias de Cándida, para ver los cromos. Cándida era vieja, menuda y suave y tenía una escarola de pelo del color de su nombre. A mí me agradaba su mundo de paredes tumbadas, como los lados de un trapecio, y techos bajitos que yo podía tocar con la mano. Tenía la sensación de entrar en una casita de mentiras. Ella me calentaba leche con cacao en su pequeña cocina de carbón y me sacaba aquellos álbumes que guardaba amorosamente entre la ropa blanca del armario. Yo los abría sobre la mesa, bajo la claridad de la lucera, y miraba con deleite los dibujos de animales salvajes y de personajes de leyenda. Olían a pegamento antiguo y a alcanfor. Nunca supe a quién habían pertenecido y tampoco se lo pregunté.

No soy dado a hacer preguntas. Marta me lo recrimina con esa firmeza suya de docente, con ese rictus algo hosco tras el que yo adivino un poso oculto de ternura; dice que un escritor debe ser curioso y demostrarlo, que indagar es la primera actividad de todo artista. Pero me cuesta, quizás respeto demasiado la intimidad de las personas, quizás sea que a mí tampoco me gusta responder. De hecho ni siquiera sé si Marta está casada, si tiene un amor o si anda por el monte sola. A veces la miro de soslayo y advierto como una opacidad de soledad en su mirada. O quizás no, quizás sea mi propio desamparo.

Cándida tenía mucha costumbre de decir “de Madrid al cielo”, era su manera de echar de menos la época en que no era mortal. Yo siempre pensaba, entonces, que no se podía quejar, pues del cielo apenas la separaban unas vigas, algo de yeso y unas cuantas hileras de tejas. Sólo que ella se refería a otro cielo; yo lo sabía en el fondo, era el mismo que intentaba imaginarme por las noches, en el útero materno de debajo de las mantas, cuando pensaba dónde estaría ese abuelo al que no conocí.

Pasaban los coches e iluminaban la pared, dando lugar a sombras que nos servían de figurantes: aliados, facinerosos, gigantes, malandrines. Rufino decía “a mí mis fieles” y avanzaba con su ejército de espectros como un Quijote heroico, tizona imaginaria en mano. Cándida nos miraba, a veces, por un ventanuco que daba a la pared medianera. Espectadora única de aquellas farsas nuestras, parecía una sombra más, tan irreal como las otras.

Ya entonces pensaba yo a veces en la vida. Sentado en la escalera, miraba mi cuerpo e intentaba visualizar el tiempo y sus efectos, como en una película futura. A veces aparecían también hombres ariscos, de gabardina parda, vagando entre farolas tristes por calles eternamente mojadas por la lluvia. Eran hombres mortales, como yo ahora, ahora en que miro mi pensamiento en la pared y veo a Cándida en su cielo, al final alcanzado, y luego a Marta, de repente, morena y bella y exigente y tierna… y tan lejana. Pero, tengo que escribir, tengo que acercarme, tengo que escribir y ya casi no sé cuál era el tema… ¡ah! sí, el cielo…

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