Carta del contable moribundo (para Elsa)

Estimada Elsa:

Cuando reciba esta carta ya no estaré aquí, los rumores al final eran ciertos y el Director de Recursos Humanos, apoyándose en cifras incontestables, ha suprimido de un plumazo los elementos superfluos de la plantilla. Así es cómo me ha llamado, superfluo o sedimentario, no lo recuerdo muy bien, aunque ha conseguido que me identificase, de un modo sutil, con un despojo geológico.

La verdad es que, para ser sinceros, no me ha cogido por sorpresa: no es que lo celebre, ya me entiende, pero es que últimamente tosía demasiado, yo creo que mi agonía desentonaba hasta en un sentido estético. Un cincuentón calvo y enfermizo como yo, al lado de esos jóvenes de marketing, parecía una muela cariada. Aunque, no sé qué opinará usted, a mí esos chicos siempre me han parecido algo banales y, si me apura, hasta un poco codiciosos. Y no lo digo sólo porque invirtieran en bolsa, o hablaran de coches de lujo, o confundieran a Onetti con el último fichaje del Inter de Milan. Es que, cuando finalizaba el día, tenían la misma sonrisa de tiburones que al entrar por la mañana.

Lo que quiero decir, y perdone este preámbulo, es que es normal que usted no se haya fijado en mí. Tan normal como que su belleza y elegancia fueran lo único decente de este sitio. Por favor, no se alarme, no pretendo importunarla, ni darle la impresión de que soy un frívolo: sólo quiero expresarle lo que siento y lo que, para qué voy a fingir, nunca me he atrevido a decirle a los ojos.

Pero como mi tiempo está a punto de expirar y me quedan sólo unos meses, creo que no me importa la idea que se haya forjado de mí. Lo cierto es que la amo abnegadamente, Elsa, abnegada y profundamente, aunque eso ahora no se estile, o suene cursi, y sepa con certeza que jamás seré correspondido.

Así que no tema que la vaya a fatigar con flores, o lágrimas y, mucho menos, con versos toscos y afectados. Lo único que quiero dejarle es esta carta ruinosa y confesarle que, ocurra lo que ocurra, aunque el mundo se desmorone, la seguiré adorando ciegamente. Y que mientras conserve un soplo de aliento – en mis polvorientos bronquios de fumador -, la seguiré añorando siempre, hasta que la enfermedad acabe, también de un plumazo, con mi superflua existencia.

Pero hasta que llegue ese momento, hasta que agote mi último suspiro, déjeme decirle, Elsa, cómo la iluminará mi memoria: taconeando suave, muy suavemente, en el despacho vacío de mi corazón.

Achab

One Response to “Carta del contable moribundo (para Elsa)”

  1. Thomas Says:

    Querido Capitán, su carta llegará a mi Elsa previa censura paterna: dada su impresionable edad, he estimado oportuno suprimir algunos adjetivos, y no precisamente por superfluos. Lo que no sé es si debo considerarla en firme como la primera petición de mano que recibe mi pequeña.

    También entiendo que habrá más Elsas, y alguna más en particular que otras, pero usted ya sabe lo que es el amor paterno. Saludos y gracias, en cualquier caso.

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