Catatonia

Según el cristianismo y ciertas doctrinas mesmeristas, en realidad la vida es una epidemia del sueño que sólo afecta a las almas. Algunas, las más perezosas, se aferran obsesivas a su receptáculo carnal y al despertar, pasado un tiempo, tiran con fuerza de los esqueletos, provocando magulladuras irreparables en el cráneo de sus propietarios. Otras se levantan con secreciones legañosas y las hay que, conmovidas por una somnolencia difusa, chocan atolondradamente contra las paredes del ataúd.

A lo que parece, y en opinión de algunos teólogos seglares, la actitud del alma lúcida tiene mucho que ver con su experiencia terrenal. De tal modo que, si en vida expresó tendencias suicidas, es posible que madrugue turbia y vedijuda y si, por el contrario, fueron hedonistas, lo haga con una esponjosa y recia erección.

Lo que resulta evidente es que las almas son especialmente sensibles al frío y sospecho que la mía, de natural tiritona, hiberne durante meses sin atreverse a salir. En ese caso, es probable que se enemiste con la luz y adquiera en la sombra una potencia reflexiva. Otra cosa es la trasmigración de las almas, fenómeno poco investigado, que suele finalizar con una vehemencia tectónica: con almas confundidas de féretro, apiñadas en lóbregos panteones, o simulando intrigas palaciegas en los salones del Purgatorio.

Si hay lugares donde las almas permanecen más tiempo dormidas, éstos son los cementerios indios. A diferencia de los civiles, petrificados en una simetría de nichos, los cementerios indios poseen una pureza ancestral. Es frecuente que las almas sueñen con otras almas – espíritus de guerreros y bisontes – y que el misterio roce con su hábito el contorno de las tumbas. Se dice que quien atraviesa de noche un cementerio indio, soñará toda su vida con flores de fuego azul.

Por lo que se refiere a las almas contemporáneas, poco se puede añadir. La mayoría de ellas presentan rasgos amorfos, que las impiden roncar o conciliar el sueño. Son almas férreas, callosas, sin una pizca de sensualidad. Cuando llega la hora de la muerte, entran en una especie de catalepsia, un abotargamiento boreal y pasmoso. Diríase que de sus alvéolos cuelgan grumos fatales, o un exceso de grasas perversas. En cualquier caso, lo que parece incontestable, finalmente, es que la mayoría de ellas no logrará remontar el vuelo.

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