Archive for the ‘Libro de necrológicas’ Category

II Jornadas de Puertas Abiertas

Viernes, septiembre 16th, 2011

Sin haber soltado el moreno todavía, y con ganas de silbar al frío, comenzamos curso escolar bien aplicaditos.

Para ello estas II Jornadas de Puertas Abiertas del Club.

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LUNES 19 de septiembre a las 20:30h en el CAFÉ ETTERBEECK

Inauguración exposición fotográfica  “INDIA, DOS MIRADAS” de Rafael Saravia.

(sí, habrá vino, y será español)

JUEVES 22 de septiembre a las 20:15h en la Sala de usos Múltiples del Auditorio Ciudad de León

Charla-coloquio y lectura “POESÍA SIN ETIQUETAS”. Recital poético y mesa redonda que contará con la presencia de Henry Pierrot, Esther Folgueral, Juan Carlos Pajares, Sara R. Gallardo y Óscar Aguado.

SÁBADO 01 de octubre a las 18:00h en la Sala de usos Múltiples del Auditorio Ciudad de León

Recital “TRES POÉTICAS”, lectura a cargo de Raúl Campoy (Madrid), Arturo Borra (Valencia) y Antonio Marín Albalate (Cartagena). Presentará y moderará el acto Rafael Saravia.

A destacar dos cosas:

Primera, que todos los libros de EDICIONES LETEO contarán con una promoción de 2×1.

Segunda, que estos encuentros no podrían darse sin la inestimable ayuda de CAJA VITAL y de la CONCEJALÍA DE FIESTAS, CULTURA Y PATRIMONIO del Ayuntamiento de León.

El Capitán sube a cubierta…

Sábado, junio 5th, 2010

… y la tripulación enmudece. Baile del Sol acaba de publicar la primera novela de Miguel Paz Cabanas, un hombre que lleva un reloj sin agujas en el bolsillo y, tautada en la frente, una ballena blanca. Se ha pasado la noche afilando el arpón y, aunque advertimos un levísimo temblor en su paso, sabemos que la jornada será inolvidable.

La presentación tendrá lugar el jueves 10 de junio, a las 20.15 hs., en la Fundación Sierra Pambley, y flanqueando al Capitán estarán Julia D. Velázquez, autora de la portada, y Alberto R. Torices, del prólogo. El 13 de junio, además, se dejará ver en la caseta 262 de la Feria del Libro de Madrid.

Y ya que hablamos de un loco y de una novela, parecen oportunas las palabras de Shackelton en el Times, cuando reclutaba hombres para su expedición a La Antártida:

«Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.»

Aquí un pasaje, para abrir boca y para retratar la figura y el genio del hombre que un día se hospedó en esta casa:

«Seguramente, también escogería una soga de cáñamo inglés, como Burt Lancaster, al inicio de Noveccento. Pero su historia, de existir, hubiese merecido otro desenlace. El miserable camino a través de una adolescencia soez; una madurez temprana, cargada de aspereza y dudas. Los años de la porfía, la idea de un hombre solitario buscando la redención. Un tipo sin familia, pero incapaz de matar una mosca [...]. Alguien que, milagrosamente, encontraría una cualidad en el mundo y se entregaría en cuerpo y alma a ella, ajeno a las costumbres y el ruido, consagrado en exclusiva a su sueño. Un hombre que no haría un viaje estúpido después de rebasar su ecuador.»

Enhorabuena, Capitán.

El cuento

Lunes, octubre 29th, 2007

(Pues bien, aquí está. Y aunque nos resistimos a aceptarlo, aunque acariciamos —mimamos, cultivamos, engordamos…— la esperanza de que no sea así, tengan en cuenta que ésta podría ser la última página del “Libro de necrológicas”. Que Dios nos asista. Y gracias, Capitán.)

El lanzador de cuchillos

Como mi padre decía, eran unos muertos de hambre y, entre todos ellos, El Portugués era el más famélico, el único que parecía vestir sobre sus huesos las ropas de un cadáver.

Llegaban a mediados de octubre, después de la vendimia, con aquella indumentaria que, al amparo de la penumbra, les daba un aire mundano, pero que a los ojos de los pueblerinos, congregados en la plaza, les hacía parecer más miserables.

Se anunciaban sobre un carromato temblón, viejo y desencuadernado, con un tiro de mulas sofocado de moscas: la mujer barbuda, el nigromante tuerto y un enano cabezón llamado Arquímedes. Ella ofrecería sus dones a los más libidinosos, como si su pubis fuese, en verdad, la única barba de su sexo marchito; el tuerto echaría las cartas asegurando proezas; y el enano rompería, con una carcajada, la muñeca del más forzudo. Si al final no eran arrojados al río – por lujuria, ponzoña o lesiones -, reservarían para el capítulo final su función estrella: la del imperial, excitante y glorioso lanzador de cuchillos. (más…)

La ciudad son casas de barro

Viernes, junio 23rd, 2006

La ciudad es un silencio de estanques y casas de barro. Has traspasado sus murallas, buscado cuadra y hospedaje y, aún así, sólo te inspira inquietud. La ciudad, vacía y ausente, envuelve sus calles en un silencio furtivo.

Una década antes, siendo joven, trazaste un plano de cortes malditas: lugares fríos e inhóspitos, donde nunca irrumpía la luz. Estaban, sucios y gélidos, los pueblos del mar (ceñidos por una niebla augusta); estaban, cargadas de hiedra, las iglesias sajonas; y estaban, pútridos y oscuros, los suburbios de Europa: esas ciudades del norte en el alma, donde nunca cesaba la lluvia.

Poco a poco, entre las estrías del alba, reconociste un sonido antiguo. Susurros que se difundían, a pesar de la bruma, como emisarios proscritos; voces que adquirían, en tu mente, una textura familiar: algo que se deslizaba en el valle sin delatar su presencia, reptando, lentamente, por las murallas de la ciudad.

- ¿Duermes, verdugo? Ya ha despuntado el día.

La voz de los soldados, inesperada y ruda, aplacó tu ensoñación. Sentiste, sobre la piel de los muslos, el bochorno de estar desnudo y, más tarde, el áspero tacto de la manta. ¿A qué se debía tu congoja? Sabías, por especieros y mendigos, que eran templarios; conocías, por una doncella, su lealtad al Rey. ¿Por qué entonces aquel sobresalto, aquel somero temor?

- Ya me visto. Tan solo un momento.

Los soldados avanzaron delante, sin alterar su ritmo pausado. Un aire húmedo agitaba, llegado de lejos, la luz de las velas. Sinuosos pasadizos, galerías largas e interminables se abrían ante ti. Pensaste: Verdugos y asesinos, recorren las calles sin nombre; verdugos y asesinos, de ronda por la oscuridad.

De las sombras, vestido con ropa talar, emergió un ser contrahecho. Lo reconociste, o te pareció reconocerlo, en un meandro del sueño: su cráneo tonsurado, la rigidez de su rostro, su estirpe de raza maldita. Pareció mirarte a los ojos, antes de saludar al cortejo.

- ¿Quién va?

- Un hombre de Dios.

- ¿No debería esperar en la celda, padre?

- Los siervos del Señor rezan en los caminos, soldado.

- Está bien. Síganos.

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Julia y el tren azul

Lunes, junio 5th, 2006

Cada mañana, desde hacía ciento veinte años, Julia cubría el mismo trayecto desde su casa: un puente de titanio que se arqueaba sobre el lecho de un río, una luminosa plaza de cubos fractales y un pasaje arbolado que desembocaba en un bulevar. Justo a mitad de camino, entre su casa y el trabajo, vislumbraba el perfil de una estación alfa y se detenía un instante. Un violento fragor de aceros comenzaba a crecer en la calle, hasta volverse ensordecedor. Luego, como en un trance febril, sobrevenía el silencio y el humo, en una voluta azul, se deshacía ante sus ojos.

Del tren-alfa de las ocho treinta, Julia conocía hasta la fecha bautismal. Sabía, asombrosamente, que su diseñador había muerto en el 3006 y que su piloto – un robot de voz gangosa – era oriundo de Varsovia. Conocía también, con una exactitud admirable, cuántos años llevaba de servicio y cómo los había cubierto sin un solo desliz. Se jactaba de otros detalles más minuciosos y de algunos poco comunes, pero lo que no sabía, lo que por completo ignoraba y acaso temía, era cómo podía ser su interior: porque, por insólito que parezca, Julia nunca había puesto el pie en su plataforma azul.

Cómo es posible tal cosa y cuál es el enigma que lo explica, es algo que no desvelaremos aquí. Como tampoco diremos si el piloto era realmente de Varsovia– o más bien de sus alrededores -, o si Julia, tal como sospechaban sus vecinos, tenía el mal de Linmeier. Lo que sí nos aflige y hostiga es algo muy distinto, algo que ocurrió poco después: nos referimos a la mañana en que, por primera vez en mucho tiempo, el tren quedó inmovilizado en la estación.

Sucedió de repente, sin previo aviso, como suelen suceder estas cosas banales. Julia atravesaba la plaza hexagonal – como otros días a la misma hora, con su paso menudo y febril -, cuando, asustada por un temblor de palomas, presintió una hiriente certeza: el tren riguroso y eterno, la máquina que conocía como a una hermana, no acudiría a su destino…y la luz que en otro tiempo había anunciado su salida, tampoco.

Qué pasó por la mente de Julia en aquel instante, qué la torturó y la hizo rendirse, es algo que nunca podremos saber. Un testigo malévolo hubiese querido averiguar en qué licores naufragó aquella noche y porqué, siendo virgen, se dejó seducir por un bribón. Un testigo frívolo, viperino y poco amante de los escrúpulos, hubiese comprometido el honor de nuestra bella, condenándola al fango para siempre. Pero nosotros, fieles como somos a su historia, no caeremos en esa tentación. Nos limitaremos a seguirla de regreso a casa, por calles chatas y ensombrecidas. Retiraremos el embozo que cubre su cama y apagaremos discretamente la luz. Y sólo entonces, cuando vencida y raptada por el sueño, nos evoque su ausencia, le susurraremos al oído la verdad: que ese tren que ella no ha cogido nunca, lleva ventanas pintadas de gris; que los viajeros que van en él se ajustan en silencio los huesos; y que el ser que entra en su casa, inflando las cortinas con su aliento azul, sólo pronuncia cinco sílabas: Julia, mi dulce Julia, la última mutante cuyo nombre, ya nadie recuerda porqué, salió de las páginas de un libro.

(Para Julia)

Achab

Carta del contable moribundo (para Elsa)

Martes, mayo 23rd, 2006

Estimada Elsa:

Cuando reciba esta carta ya no estaré aquí, los rumores al final eran ciertos y el Director de Recursos Humanos, apoyándose en cifras incontestables, ha suprimido de un plumazo los elementos superfluos de la plantilla. Así es cómo me ha llamado, superfluo o sedimentario, no lo recuerdo muy bien, aunque ha conseguido que me identificase, de un modo sutil, con un despojo geológico.

La verdad es que, para ser sinceros, no me ha cogido por sorpresa: no es que lo celebre, ya me entiende, pero es que últimamente tosía demasiado, yo creo que mi agonía desentonaba hasta en un sentido estético. Un cincuentón calvo y enfermizo como yo, al lado de esos jóvenes de marketing, parecía una muela cariada. Aunque, no sé qué opinará usted, a mí esos chicos siempre me han parecido algo banales y, si me apura, hasta un poco codiciosos. Y no lo digo sólo porque invirtieran en bolsa, o hablaran de coches de lujo, o confundieran a Onetti con el último fichaje del Inter de Milan. Es que, cuando finalizaba el día, tenían la misma sonrisa de tiburones que al entrar por la mañana.

Lo que quiero decir, y perdone este preámbulo, es que es normal que usted no se haya fijado en mí. Tan normal como que su belleza y elegancia fueran lo único decente de este sitio. Por favor, no se alarme, no pretendo importunarla, ni darle la impresión de que soy un frívolo: sólo quiero expresarle lo que siento y lo que, para qué voy a fingir, nunca me he atrevido a decirle a los ojos.

Pero como mi tiempo está a punto de expirar y me quedan sólo unos meses, creo que no me importa la idea que se haya forjado de mí. Lo cierto es que la amo abnegadamente, Elsa, abnegada y profundamente, aunque eso ahora no se estile, o suene cursi, y sepa con certeza que jamás seré correspondido.

Así que no tema que la vaya a fatigar con flores, o lágrimas y, mucho menos, con versos toscos y afectados. Lo único que quiero dejarle es esta carta ruinosa y confesarle que, ocurra lo que ocurra, aunque el mundo se desmorone, la seguiré adorando ciegamente. Y que mientras conserve un soplo de aliento – en mis polvorientos bronquios de fumador -, la seguiré añorando siempre, hasta que la enfermedad acabe, también de un plumazo, con mi superflua existencia.

Pero hasta que llegue ese momento, hasta que agote mi último suspiro, déjeme decirle, Elsa, cómo la iluminará mi memoria: taconeando suave, muy suavemente, en el despacho vacío de mi corazón.

Achab

Pompas lúgubres

Lunes, mayo 8th, 2006

Los entierros y sus vísperas ya no son lo que eran. Se me dirá que tampoco las bodas, donde el diseño ha sustituido a la liturgia y ya no se ven novias embarazadas, ni esos novios tísicos y apocados que las abandonaban en el altar. A lo sumo, en los pueblos, todavía quedan pensionistas que llevan el ataúd al hombro, pues lo que es en la ciudad lo queman con el muerto dentro, e incluso los hay que guardan las cenizas en una urna de porcelana.

El desconcierto se expande melodiosamente en el hall de los tanatorios: allí, hasta el réquiem de Mozart suena a música de ascensor. Los cortejos son más pálidos que fúnebres y asusta ver tanta corona, coronas ubérrimas y heráldicas, como si en lugar de un sepelio honroso se celebrase un certamen floral. Hasta los deudos, pertrechados con gafas de Armani, parecen reporteros de un canal de televisión.

Los entierros, en cualquier caso, han perdido su prestigio vernáculo y, entre otras cosas, la gente, aligeradas las misas, ya no ronca en los reclinatorios. Aquellos curas de antes, de semblante aristotélico, tienen ahora flequillo de catequista y utilizan idéntico responso para todos sus clientes: lo mismo da un culé metodista, que un hincha cartujo del Real Madrid.

Esos funerales de antaño tenían un soplo inhóspito y empezaban, parsimoniosamente, muy de mañana. Había quien viajaba toda la noche, muchas veces a lomos de un pollino apestoso. Llegaban al amanecer, estiraban las piernas y daban la paja al rucio. Como mucho, lo metían en la cuadra, pero no se les veía nerviosos, vigilando el coche en doble fila, profiriendo gritos a la pantalla del móvil. Se acercaban al fiambre con soltura y, llegado el momento, repartían inmensos abrazos, palmadas estremecedoras , pero nunca esas condolencias que, vistas desde la caja, parecen piruetas de un minué.

Algunos familiares, en los entierros de antes, hacían gala de cierta exaltación y se agarraban unas curdas de padre y señor mío. Eran familiares un poco remotos, primos terceros a lo sumo, pero conferían al acto una efusión terrenal. A menudo, cuando las viudas se retiraban desconsoladas, ellos permanecían allí, honrando al muerto, engullendo galletas que nadie comía. A veces, si no les asaltaba la tos, evocaban con sus versos la figura del ausente.

Sin embargo, qué lúgubres y aguachentos son los funerales de ahora. Todo se oculta, se incinera, se mitiga con balsámico pesar. Las empresas participan codiciosas y, a poco que te descuidas, te roban el cadáver, lo maquean, lo convierten en un objeto de consumo. Puestos a confesar verdades, ya ni siquiera se cavan las fosas con un par de riñones. Llegará el día en que esto reviente y lo metan a uno en un computador: virtual, digitalizado, convertido en una especie de tarjeta gráfica. Luego te asignarán un chip y entrarás en el cielo con cara de momia. Parecerá entonces que la muerte ya no es de este mundo y que resulte de mal gusto nombrarla: como a los botijos, el lacón con grelos o las calaveras.

Si me apuran, llegará el día en que los muertos, mal que les pese, no acudirán ni a su propio funeral.

Achab

El ataúd cantor

Martes, abril 25th, 2006

En un viejo café de Cracovia, junto a una ventana llena de vaho, hay una mesa con un tapete verde que siempre se halla vacía. En otra época se sentaban allí cuatro mineros, que pasaban las tardes del domingo tocando el acordeón. Los dos mayores eran mellizos y lucían la misma sonrisa pícara; los otros dos, portugueses, habían nacido cerca del mar. El más joven del cuarteto faltó una tarde a la cita por una explosión de grisú. Durante años, los otros tres brindaron por el ausente al final de cada sesión. Llegó un domingo en que también faltó uno de los hermanos y el fuelle del acordeón resonó con menos fuerza de lo habitual. Desde hace años se podía ver al último de ellos, Alberto, fumando en pipa junto a la ventana. Aunque el bar bullese de parroquianos, nadie ocupaba las sillas vacías. La silicosis se lo llevó por delante una noche del invierno pasado, después de Santa Bárbara. Si pasan ustedes frente a la ventana, podrán ver la mesa con su tapete y sobre él, como un pequeño ataúd, el viejo acordeón. La dueña del café sostiene que, cuando le quita el polvo, emite un extraño gemido. Pudiera ser, dicen los que siguen bajando a la mina, que eche de menos las tardes de los domingos.

Miguel Paz Cabanas

Tunning

Viernes, marzo 31st, 2006

Mi hermano Cosme fue a estrellarse esta tarde contra la boca de un túnel. En cierto modo, toda la familia lo esperaba: la velocidad ejercía sobre él un poder hipnótico. No es que condujese mal, pero iba rápido, tan rápido como un expreso nocturno. Las distancias parecían comprimirse cuando pisaba el acelerador.

Lo cierto es que nunca se llevó bien con ninguno de nosotros. Sus estancias en casa solían ser insufribles. Sin embargo, mi madre le seguía profesando un cariño inaudito.

El lunes, antes del accidente, había dormido en casa. Mi padre, que estaba ebrio, la tomó con él: “Por qué no vienes a cazar conmigo”, le preguntó y Cosme, escupiendo la carne, se echó a reír. Creo que fue esa risa la que nos puso nerviosos: a los siameses, que rompieron a gritar; a Virginia que empezó a sangrar por la nariz; y a mí que, como tantas veces, lo miré con estupor. Luego mi padre agachó la cabeza y bebió con lentitud. Cosme se levantó de la silla y gritó que se marchaba. Lo dijo mirando a mi madre, que estaba fregando los platos. Lo que no me explico aún es cómo logró meterse, con su uno noventa, en el bólido que venía en la caja del scalextric.

Achab

Epitafios del cementerio silvestre

Lunes, marzo 13th, 2006

El epitafio de Ramiro Cruz es de los que inspiran añoranza, pero también una pizca de incredulidad: “Para un hombre que nunca lloró pelando cebollas”, declara en su tumba. No existen flores en ella, pero a su izquierda, entre dos nichos simétricos, hay otra que rebosa de tulipanes. Las flores secas son las que predominan en la parte alta del cementerio. Allí el viento se muestra inmisericorde y quema los pétalos de las más sensibles. Sobre una de las lápidas más remotas se lee: “Bajo, feo, encorvado, vivió, no obstante, de pie”. Hay tumbas donde la hiedra campa a sus anchas e introduce sus dedos en las rendijas más ocultas. En esa celosía vegetal, a veces se extravían algunas palabras: “Me aleg de q la diñaras, cabr”, parece que dejó escrito una viuda despechada. Los epitafios más llamativos se encuentran, no obstante, en el zócalo sur. Dos de ellos dicen: “Quien quiera conocerme, que cave profundo” y “Espero que mi alma no tenga los pies fríos”. Precisamente, junto a un panteón cubierto de orín, hay un pie de alabastro que recuerda a los de las estatuas romanas. El atleta que yace en él desapareció, inexplicablemente, al final de una maratón. Lo encontraron días después, convertido en algo parecido a lo que reza su epitafio: “Soy la sombra de mis propios pasos cuando anochece, la sombra que luego desaparece”.

La compacidad de esos panteones tuvo en su día una repercusión urbanística. Naturalmente, las familias deseaban conservarlos, pero el Ayuntamiento, preocupado por la falta de suelo, no quiso ceder. El conflicto se trasladó a instancias superiores, que tiraron por el camino de en medio. Hoy quedan la mitad de los panteones que a principios de siglo, pero han ganado en altura y majestuosidad. En el más grande de ellos puede leerse: “Tu legado, Saturno, se perpetuará en las estirpes futuras”. Por contraste, en el sitio más recóndito de todo el cementerio, figura esta inscripción: “Púdrete, Fabián, a mí ya no me pillas en más verbenas”.

No son infrecuentes las alusiones a talentos, destrezas o mañas del finado. La más singular, sin duda, es la de un carpintero gallego, que parece extraída de un cuento gótico: “Duermo en el ataúd que construí con mis propias manos”. Tal afirmación sugiere, siquiera sutilmente, la idea del suicidio. Afortunadamente, los suicidas ya no reposan, como antaño, a la intemperie. De todos es sabido que en otra época – otra época más aciaga – se despreciaba su contribución higiénica y se les enterraba sin contemplaciones en una parcela exterior. Es posible que en esa orfandad los búhos llegaran al anochecer y que en invierno, por debajo de la nieve, los conejos edificaran allí sus madrigueras más hospitalarias.
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