Archive for the ‘Libro de necrológicas’ Category

Der Palast und der Tod (*)

miércoles, julio 20th, 2005

(*) El Palacio y la Muerte

Conocí la ciudad de Dresde casi por casualidad, por una de esas decisiones que se toman en despachos remotos y que, al igual que ciertas emociones primarias, acabaría imprimiendo en mi alma una huella imborrable.

Por aquel entonces, siendo yo un joven ambicioso, dirigía una fábrica textil en Roma que, por extraño que parezca, tenía una filial en Dresde. Mi trabajo consistía en asistir a reuniones y evitar fallos en la secuencia productiva. En el Sur, si uno se habitúa al calor, la vida puede ser confortable y he de confesar que en mi caso era particularmente grata. Sin embargo, como dije al principio, el destino me reservaba otros menesteres y, al poco de ocupar mi cargo, guardaba mis camisas en una maleta.
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Diez tumbas

miércoles, junio 29th, 2005

En su juventud, se había especializado en la fotografía aérea y aunque había retratado rincones insólitos, su trabajo más singular había consistido en hacer fotos de cementerios para el Gobierno francés. Eso había durado cerca de un año. Durante ese tiempo, mientras volaba por los cielos de Francia, se habituó a esa cartografía macabra y acabó encontrando cierta belleza en los cementerios que, como un coral terrestre, salpicaban el país. Sin embargo, una mañana de junio, mientras sobrevolaba la costa de Cornualles, sintió una profunda desazón. Su pulso, legendariamente firme, transmitió el temblor a la cámara y echó a perder la foto. Le pareció fruto de la vigilia, o de un sobresalto fugaz. Pero a la mañana siguiente, sin aclarar su conducta, decidió tomarse unas vacaciones.
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La canción

jueves, junio 9th, 2005

– Cómo fue que lo dejó escapar, Ortega.

Ustedes lo conocían, Ortega era un joven recto, justo pero implacable, no distinguía entre pobres o pudientes, lo mismo enjaulaba a un sátrapa que a un yonki muerto de asco. Por eso nos extrañó tanto su flaqueza, aquel error imperdonable, aquel desliz que nadie en la comandancia consiguió comprender.

– No era como los otros, mi sargento…Y había una canción…una canción que él…

Nunca aclaró su conducta, no quiso dar explicaciones, como si no le afectara el asombro, el estupor de los jueces que le expulsaron del cuerpo.

– ¿Me quiere hacer creer que lo entendía, Ortega? ¿A un negro que ni siquiera chapurreaba un mal francés?
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Ni pío

miércoles, mayo 18th, 2005

Julian Maxwell, famoso naturista y profesor emérito de ornitología por la Universidad de Cambridge, falleció ayer frente al jardín de su casa, después de que su vecino, Robert M. Cardigan, le clavara una horca de tres dientes a la altura del abdomen. Cardigan, un filatélico de aspecto conciliador, aficionado al bridge y los puding de jenjibre, declaró que llevaba varias semanas percibiendo una conducta anómala en su papagayo y que, tras colocar una microcámara en su jaula, había sorprendido a su vecino haciendo «cosas inauditas». El asesino, visiblemente turbado, no quiso aclarar el sentido de sus palabras y dejó tras de sí, amén de un sello de sangre, algunos suspiros misteriosos. El entierro se celebrará mañana, en la capilla que el profesor Maxwell poseía en su granja de Yorkshire. Scotland Yard no descarta un móvil oscuro, pues halló en la chaqueta de Maxwell varias plumas, un muslo de pollo y una onza de alpiste. En cuanto al papagayo, habitualmente locuaz, no ha dicho ni pío.

Extinciones

martes, mayo 3rd, 2005

Mueren todos los días sapos y culebras
en marmitas de cobre
bajo los ojos insomnes de brujas absortas;
mueren ratas, que salen en delantal,
agitando locuaces bigotes muy finos
Mueren arpones, campanas, iglús,
barriles con tripa queruedanyruedan.
Mueren cucharas en platos astutos que nadie rebaña.
Mueren, si nadie lo impide, herrumbrosos tiovivos.
Mueren los mapas, los mapas de antaño y
las lanzas tupidas de verde y orín.
Mueren, una por una, las voces del prestidigitador.
Mueren los libros con-tapas-de-hule
y los moños de cinta entre suaves brocados
Mueren bestias de color narnaja en selvas copiosas.
Muere el ébano
la libélula
el panal y el astrágalo.
Mueren tiras de musgo en rocas sesudas como un caracol.
Y mueren los excrementos, y las pústulas, y el unto amarillo en hogazas de abril:
Lo que permanece, en su lugar, no merece ser nombrado

Campos de fresa

lunes, abril 11th, 2005

Al llegar abril, salieron algunas hierbas en las grietas del apeadero. Había un guardagujas segando plácidamente junto a las vías del tren.

¿Dígame?

Creo que deberían decirle que tiene una voz horrorosa.

¿Cómo?

Su voz…es la voz de un hombre sin alma.

Pero…qué… ¿Quién…?

¿No me reconoces?
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Catatonia

domingo, marzo 27th, 2005

Según el cristianismo y ciertas doctrinas mesmeristas, en realidad la vida es una epidemia del sueño que sólo afecta a las almas. Algunas, las más perezosas, se aferran obsesivas a su receptáculo carnal y al despertar, pasado un tiempo, tiran con fuerza de los esqueletos, provocando magulladuras irreparables en el cráneo de sus propietarios. Otras se levantan con secreciones legañosas y las hay que, conmovidas por una somnolencia difusa, chocan atolondradamente contra las paredes del ataúd.

A lo que parece, y en opinión de algunos teólogos seglares, la actitud del alma lúcida tiene mucho que ver con su experiencia terrenal. De tal modo que, si en vida expresó tendencias suicidas, es posible que madrugue turbia y vedijuda y si, por el contrario, fueron hedonistas, lo haga con una esponjosa y recia erección.
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Un millón de muertos

lunes, marzo 14th, 2005

Están locos si piensan que saldré de aquí. Están locos si creen que cederé mi lecho, mis muebles, la silla en que me balanceo al atardecer. Mientras conserve un gramo de ira, un soplo minúsculo de fuerza, no consentiré que me expulsen de aquí.

Viene a mi memoria, con fiel exactitud, el engañoso comienzo: cuando todo era alborozo y creíamos, unidos por la aventura, que lo pasaríamos en grande. Ibamos en capilla, confiados, anhelosos por llegar al refugio. Nos sorprendió la tormenta en el Valle, su estrépito bronco y bárbaro. Los relámpagos (culebras de oro) y los truenos (negros timbales) nos llenaron de pavor. Alguien señaló la casa entre las peñas y rompimos a correr. Pero el único en advertir el peligro fui yo: el puente angosto, las tablas frágiles, nuestro grupo bisoño y civil. Me giré para dar la alarma, pero era demasiado tarde: entre un mar de astillas, como piezas de ajedrez, todos se fueron al fondo. Sujeto al último cabo, balanceándome en las tinieblas, pude ver, impotente, cómo se los tragaba el abismo.

Los primeros días en la casa fueron horribles. Pensé que el hambre, o la soledad, me harían enloquecer. Exploré los rincones con celo y sólo hallé despojos: carne dura, pan rancio, un puñado de nueces amargas. Algo de lo que devoré me provocó delirios y estuve cerca de morir. Me soñé girando en una esfera, como un gusano en una bola de cristal.
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Secundario

lunes, marzo 7th, 2005

Había muerto innumerables veces, tocando el piano en salones llenos de humo, a bordo de lanchas que surcaban ríos cenagosos, acribillado en emboscadas que le tendían Frank o Jessie James. Siempre lo hacía lánguido, antes de desenfundar, con un rictus de acritud en la comisura de sus labios. Era un virtuoso de la muerte, de los desenlaces furtivos, pasando de puntillas por escenas sanguinarias. A veces, era un diestro espadachín el que le rebanaba la nuez; otras, un hatajo de fusileros en un viejo paredón; hubo también vampiros, y orcas asesinas, y marcianos que lo fulminaban con rayos verde mostaza. Ocasionalmente, si el guionista deliraba, moría sacrificado sobre volcanes de cartón piedra.

Nunca, ni una sola vez, tuvo a la Gardner en sus brazos. Él era el secuaz, el hampón de baja estofa, el soplón ansioso al que humillaba el detective. Los sombreros de fieltro gris le tapaban la mirada; las capas de Fantomas le rozaban los talones; y en las pelis de piratas, y en los westerns, lucía cicatrices que le recorrían el mentón.
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El prestidigitador

lunes, febrero 28th, 2005

Ernesto Jacobo Timmerman, uno de los ilusionistas más célebres y reputados del mundo, que fue capaz de meter un elefante en una cabina de teléfonos y que, acuciado por las deudas, desapareció ante los atónitos ojos de mil espectadores en el Royal Albert Hall de Londres en 1972, falleció este domingo, rodeado de su numerosa familia, en…extrañas circunstancias.


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