Archive for the ‘Libro de necrológicas’ Category

Eterna necrológica

lunes, febrero 21st, 2005

La soldado Lynndie R. England, esa muchacha del ejército yanke que surgía en las fotos sujetando a un preso iraquí con una correa, o celebrando, cigarrillo en ristre, el oprobio de un grupo indefenso de seres humanos, no es sólo la imagen descarnada de esta guerra, de cualquier guerra, sino la expresión de algo mucho más perverso y turbador en la memoria de la raza humana. La soldado England, cuyos rasgos simples y aniñados jamás asociaríamos a la tortura, es el último eslabón de otra demencia, una demencia bendecida por discursos patrióticos y construida, insidiosamente, por un poder que se mofa de la justicia con un cinismo modélico.
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Un hígado intacto

lunes, febrero 14th, 2005

Adicto al lorazepam desde los quince años, aficionado al bourbon, la sodomía y los coches de carreras, alcohólico prematuro y vanguardista ocasional, el poeta Pierre Suquet, al que un editor despechado cosió a balazos en la Rue Galande en 1968, falleció ayer en un hospital de París, tras recibir, después de cinco años de paciente espera, el hígado de una persona sana. El Dr. Jean Ganímedes, que dirigió la operación, aseguró perplejo que ésta había sido un completo éxito.

En una estación de Memphis

lunes, febrero 7th, 2005

Sí, supongo que es una ironía insoportable que esté hablando de ti, diez años después de divorciarnos, el plazo que llevo escribiendo necrológicas, diez años desde que me hice cargo de esta sección, ya sabes, el punto más bajo de mi carrera como periodista. Como intuyo la expectación de la ciudad, la curiosidad de los lectores, la lástima hipócrita y dulzona que derramarán mis colegas. Pero no les decepcionaré, fui, como se suele decir, un testigo privilegiado, y al fin y al cabo éste es mi oficio, la tarea por la que me pagan, supongo que a regañadientes, mis noches de insomnio.

Así que les confirmaré la verdad, lo que ya saben todos, qué admirable eras, una criatura lunar, una diosa de belleza turbia y cegadora. Que naciste en el seno de una familia pudiente, una de esas estirpes ingobernables, acostumbrada a morar con elegancia los palacios del mundo. Que creciste viendo Renoirs, y caballos de carreras, y pechos cuajados de medallas en el espejo de tu salón. Fue allí donde te conocí, entre perlas y fajines, debió llenarte de asombro mi rostro contrariado. Un gacetillero como yo, escarnio de miradas, aturdido por una opulencia que no compartía. Te acercaste sinuosa, sonriendo con desdén, ignorando sin pudor los elogios y las babas. “Supongo que es usted aquí el único que lo ha leído”, dijiste, y mostraste el libro, una edición de lujo, La balada del Viejo Marinero, de Samuel Coleridge.

Pero éso fue antes del delirio, de casarnos en secreto, a despecho de tus padres y de la prensa del país. Luego vinieron los viajes, mi afición al alcohol, tu larga – que yo imaginé triste – cadena de conquistas: marxistas de salón, artistas otoñales, adictos al sexo y los cuentos de Nïn. Nos peleamos, las viejas peleas, y luego hicimos lo peor, pactar, tener hijos, aceptar resignados los obsequios de tu padre. Maduraste, te hiciste más bella, y yo asistí, sublevado, a tu dulce consagración: la primera senadora, la musa de Yale, la esposa, con todo, de un escritor fracasado. Hasta que un día – un día sin luna – me dijiste adiós y casi rozaste, sin mirarla, la mano que yo te extendía.

Ahora ya no hay nada, no queda nada, sólo una lápida que cubre tu cuerpo. Todas las mañanas riegan el césped y dejan flores a los pies de tu tumba. Aunque no hay un cartel que lo diga, no se me permite entrar. Paseo entre las verjas, advierto las miradas, empuño un paraguas los días de sol. Soy un sonámbulo con el alma prestada; un profeta con calderilla en los bolsos. Qué más da, me digo, qué sabrán ellos, qué mierda les importa mi lento deshaucio. Si estas líneas hablan de nosotros, ninguna revela lo que yo conocí: la primera noche, el asombro en mis manos, el temblor azul de tu cuerpo desnudo. Y aquel beso que me diste, sin música ni estrellas, en el andén desolado de una estación de Memphis.

Achab

Yukio Ozuro, superviviente

martes, febrero 1st, 2005

Yukio Ozuro, el hombre más viejo del Japón, murió ayer en su casa de Osaka, a los ciento nueve años de edad. Además de por su longevidad, Yukio era conocido por haber permanecido en la jungla de la Isla de Utupua hasta 1959, convencido de que la guerra con los yanquis no había concluido. Fue descubierto por un grupo de turistas franceses, a los que mordió salvajemente, y posteriormente rescatado por un buque de la armada americana. Durante los años posteriores, Yukio se convirtió en una celebridad mediática y un póster con su foto, ataviado con taparrabos y un sable de samurai entre los dientes, se transformó en un icono pop entre los jóvenes de su país.

En la década de los setenta desapareció sin dejar rastro, harto de divulgar en radio y televisión el extracto más aberrante de su vida. Recientemente, volvió a ser noticia tras cumplir los ciento nueve años y, durante unos días, su mirada pasmada ocupó las portadas de los principales rotativos japoneses. Según cuentan los curiosos que fueron a verle, poco antes de morir, Yukio Ozuro, lleno de melancolía, declaró: “Realmente, a pesar de todo, creo que la guerra todavía no ha terminado”.
Achab


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