De la infancia y la ignorancia

A mitad de camino entre la biología y la sociología —y quizá también entre la ciencia y la poesía— ciertos estudiosos han propuesto un paralelismo entre la evolución del individuo y el desarrollo de las sociedades. Según este modelo, tanto en un caso como en otro se suceden las etapas de la infancia, la juventud, la edad adulta y la vejez como un discurrir que sólo puede evitar la desaparición prematura.

(Artículo publicado en El Mundo-La Crónica de León, el 9.V.2006)

Al igual que hombres y mujeres, las sociedades comenzarían su trayectoria arrastrándose a cuatro patas, para erguirse después e ir poco a poco dominando su paso y su entorno, hasta que el desgaste y la pérdida de capacidad adaptativa las iría arruinando y conduciendo a su fin. Al igual que las sociedades, hombres y mujeres inician su ciclo vital sometidos a la tiranía de las necesidades más básicas, descubren luego el lenguaje y el juego, inventan mitos, fantasmas o dioses para explicarse lo que no comprenden y se gobiernan por último en base a leyes, razones y valores. El proceso no es lineal, aunque nuestro concepto del tiempo pueda hacer que lo parezca, y se asemeja más bien a una espiral —ascendente o descendente, según se mire— en la que los ciclos y sus etapas se superponen y no llegan nunca a desaparecer por completo.
Es éste un modelo de conocimiento de marchamo occidental y por lo tanto sesgado a favor de Occidente: las nuestras son las sociedades “desarrolladas”, y damos también por supuesto que nos encontramos ya en pleno dominio de las mejores facultades que acompañan a la madurez: la sabiduría, la experiencia, la inteligencia…
Los modelos de pensamiento son males necesarios, simplificaciones oportunas. Por muy adultos y desarrollados que nos consideremos, el mundo sigue siendo demasiado complejo y confuso; olvidamos con facilidad el pasado y aún nos cuesta predecir razonablemente el futuro; las cosas que nos rodean no dejan de guardar ángulos ocultos a nuestra mirada ni de ofrecer múltiples maneras de interpretación. Por eso al tránsito a la edad adulta la acompaña, a menudo, una angustiosa sensación de dispersión y pérdida de agarraderos. Y por eso también la necesidad de las simplificaciones. Una de ellas es precisamente la de considerar la infancia —la del hombre y la de las sociedades— como un tiempo para la inocencia y la pureza, para la dicha y el juego, la ausencia de compromisos y obligaciones y, por lo tanto, como un período merecedor de la nostalgia de individuos y pueblos sometidos a normas y limitaciones, aunque ya en supuesta posesión de sus mayores capacidades.
Identificar esta simplificación —agradecida, necesaria, inevitable…— debería llevarnos a reconocer que hay, cuando menos, dos infancias: la vivida y la recordada. La primera, caracterizada por la falta de consciencia, por un lenguaje y un pensamiento rudimentarios, y por una aparente autosuficiencia que la desliga del tiempo previo y del porvenir. La segunda, variable, depende por completo de las limitaciones y los intereses de quien recuerda, esto es, de quien hace con ella biografía o historia. Una vez en manos de la memoria, o de la historia, la infancia puede parecer arcádica, y así la muestran a menudo los versos de los poetas y los discursos de los políticos. Pero la infancia (del individuo, de la comunidad) también pudo ser terrible, o sórdida, o angustiosa… Nunca vulgar, eso sí, y desde luego no siempre tan feliz como se la supone. Y de ahí que también podamos recordar nuestro pasado, y reconstruir el pasado de nuestra sociedad, movidos por la ironía, por el sarcasmo, por el desencanto, por la incredulidad…
Para hombres y pueblos, es válido el tópico según el cual la patria es la infancia. O, más exactamente, que la patria fue la infancia: un lugar del que todos acabamos siendo desterrados, y del cual nos separa no sólo el tiempo sino también el humor que el éste ha ido subrayando en nuestro carácter: el escepticismo, la melancolía, el cinismo…
Estos días, con motivo de la celebración de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil, nos ha visitado el poeta Luis Martínez de Merlo, autor de bellos poemarios dirigidos a los primeros lectores. Uno de sus libros —éste dedicado ya a nosotros, los desterrados—, comienza diciendo: Recuerdo de los días más lejanos / de mi infancia de niño de ciudad en un pueblo donde se acaban los caminos, para recuperar luego tan sólo jirones de aquellos días: la algarabía de los galgos, el brillar de las hoces, el áspero pasar de la botija […] los adobes, los trillos, las maromas, la sal en los pesebres, y acabar reconociendo con añoranza (del latín “ignorare”): No sé, no sé, todo / es confuso ya.
La patria fue la infancia: abuso del tópico sólo para reconocer que el lugar por el que vagan pueblos e individuos adultos no parece precisamente el jardín del conocimiento —al que se suponía que estábamos abocados—, sino más bien el páramo de la ignorancia, donde ninguna actitud resulta más penosa que la del orgullo.
Y a pesar de lo dicho, a los hombres y al pueblo, a los poetas y a los políticos: feliz fin de feria para todos.

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