Der Palast und der Tod (*)

(*) El Palacio y la Muerte

Conocí la ciudad de Dresde casi por casualidad, por una de esas decisiones que se toman en despachos remotos y que, al igual que ciertas emociones primarias, acabaría imprimiendo en mi alma una huella imborrable.

Por aquel entonces, siendo yo un joven ambicioso, dirigía una fábrica textil en Roma que, por extraño que parezca, tenía una filial en Dresde. Mi trabajo consistía en asistir a reuniones y evitar fallos en la secuencia productiva. En el Sur, si uno se habitúa al calor, la vida puede ser confortable y he de confesar que en mi caso era particularmente grata. Sin embargo, como dije al principio, el destino me reservaba otros menesteres y, al poco de ocupar mi cargo, guardaba mis camisas en una maleta.

Durante dos años – sin pausas térmicas para entonar el cuerpo -, me vi viajando por toda Europa, sin saber con certeza qué se esperaba de mí. Sólo una cosa mitigó el trastorno y he de admitir que, al menos en eso, mostraron conmigo una cortesía irreprochable: mientras residí en Dresde, me alojé en un viejo palacio y de la magnificencia de sus aposentos podría escribir maravillas. Pero es de otra cosa de lo que quiero hablarles y mientras lo evoco, con el equipaje disperso a mis pies, me veo a la puerta del hotel, examinando con júbilo su fachada barroca. De su cafetería venía un aroma reparador y en sus sillones, de nogal y cuero, presentía uno siluetas ilustres. Permanecí allí cerca de una hora, llegué, incluso, a adormecerme un poco y de no ser por el hombre – que, en mi torpeza, confundí con un botones -, me hubiese quedado traspuesto, ajeno a las obligaciones que, antes de acostarme, tenía que cumplir. Me interpeló con suave cortesía – “¿Desea subir a su habitación, señor?” – y yo lo miré con asombro, como si en aquel instante, emboscado en el sueño, estuviese evocando las fragancias del sur.

No lo volví a ver en los días siguientes – las reuniones me parecían agotadoras, habituado como estaba a la indolencia de los romanos -, hasta que una tarde, mientras paseaba por el hotel, lo vi rodeado de novicias. Y aunque en aquella ocasión reparé con más detalle en su aspecto (era un hombre de edad avanzada, pero con un porte pulcro y refinado), sólo pude enredarme en conjeturas, sin acabar de saber con certeza qué funciones desempeñaba allí.

No fue sino hasta una semana más tarde (caminaba acompañado de un grupo menos místico), que decidí indagar por mi cuenta, adhiriéndome al séquito que seguía de cerca sus pasos. Descubrí que hablaba del hotel – o más bien de sus secretos -, revelando a sus oyentes pormenores suntuosos. Y así, en su itinerario didáctico, se demoraba por lienzos antiguos, medallones y hornacinas, y en su forma de divagar – y de reconstruir la historia – había como un matiz implorante, una especie de respeto metódico y conmovedor. Parecía como si sus explicaciones transmitieran algo misterioso, un enigma tan impenetrable como su sobria presencia.

Se me iba echando encima el invierno alemán – el severo invierno alemán – y mis retornos a Italia, amén de enojosos, eran cada vez más espaciados. Mis estadías se prolongaban durante meses y en ese lapso trabé amistad con el gerente, un bávaro que, a pesar de su cortesía, adolecía de un verbo un poco retórico.

– Fíjese bien; fíjese en la luz y la piedra. La luz sobre las agujas de Dresde, atravesando sus casas, bañando sus calles y palacios. Esta ciudad fue, como usted sabrá, arrasada por las bombas y ahora, reconstruida piedra a piedra, recupera su antiguo esplendor.

En las lúgubres noches decembrinas, a merced de la nieve y el viento, me gustaba platicar con él y colmar nuestras copas con vinos del Rhin. Solía obsequiarme con copiosas revelaciones, la mayoría, a la sazón, extractos eruditos sobre su ilustre establecimiento.

– Fue en su origen residencia de un príncipe sajón y durante la guerra lazareto militar. Pero eso es cosa sabida y no pretendo aburrirle con apuntes doctorales. Quien de verdad podría proporcionarle datos desconocidos es Heinrich.

– ¿Heinrich?

– Lo habrá visto más de una vez disertando en el claustro.

– ¿Es el guía del palacio?

– No exactamente. Es un autodidacta.

– No comprendo.

Recuerdo que me sonrió con indulgencia y, cogiéndome del brazo, agregó:

– Es una larga historia. Pero creo que lo he entretenido en exceso. ¿Mañana parte para Roma, no?

Aquellas Navidades, quizá por un leve constipado, las pasé bastante mohíno y, por primera vez desde que iniciara mis viajes, sentí nostalgia de Dresde. Trataba de hacérselo ver a mis amigos, que me escuchaban con cínica clemencia, pero finalmente, a pesar de mis desvelos, sólo conseguía enardecer su secular mordacidad.

– ¿Y en todos estos meses has sido incapaz de dormir acompañado una sola vez? ¡El frío va a acabar con tu reputación!

– ¡Iros al diablo! – exclamaba yo, y ellos me recomendaban entre carcajadas una ración de raviollis.

Pero era cierto que sentía deseos de volver y cruzar de nuevo el Puente de Santa María. Caía la nieve sobre Dresde, sobre las oscuras cúpulas de la ciudad y, al poco de regresar, una fiebre inesperada me dejó postrado en la cama. Recuerdo un sueño recurrente, que me acosó sin pausa durante aquellas noches: me veía en un paisaje devastado, rodeado de árboles humeantes, siguiendo los pasos de un hombre desconocido. En ocasiones, muy de tarde en tarde, se detenía en un claro y, tras mirarme fijamente, reemprendía su viaje. Nunca supe porqué caminaba solo ni, en realidad, a qué se debía su andar errabundo.

Poco después de Epifanía, se celebró en el palacio un congreso de cardiólogos, que rompieron con su barbulla la calma del hotel. Venían acompañados de sus esposas – al menos, en apariencia – y, sin rubor alguno, prolongaron salazmente la resaca navideña. El último día de su estancia, miércoles, se organizó una expedición por el palacio y yo, aún convaleciente, participé anónimamente en ella.

Tuve fortuna y fue Heinrich, a instancias del gerente, el encargado de guiarnos. Visitamos la capilla, y más tarde el museo y en el coro, ante las tallas religiosas, se detuvo una hora larga. Su descripción fue fresca, amén de sensible y a pesar de los murmullos hizo gala de una paciencia ejemplar.

Fue al atravesar el claustro, con su silencio estremecedor, que acaeció el incidente que ahora refiero. Heinrich hablaba de las manos que habían colocado aquellas piedras – rescatadas entre las ruinas de la ciudad -, cuando, precedida por un chasquido grosero, una frase voló sobre el recinto:

– Fue un bombardeo bíblico y justo; una venganza por el Holocausto.

Aún recuerdo el rictus – o la expresión indignada – en el rostro del anciano, quien, a pesar de ser el otro más fornido, lo tomó por el cuello y, con gesto enérgico, le hizo besar las piedras del claustro. Un silencio pavoroso, como de tinieblas, se cernió sobre el grupo, pero nadie – ni siquiera yo – hizo amago de intervenir. Heinrich irguió su cuerpo despacio y, ante la expectación general, dio la espalda al grupo.

El fin de semana siguiente llegó la primavera y el desenlace del drama – un drama pequeño, si ustedes quieren, pero para mí más intenso que muchos cataclismos – que me impulsó a conversar, en sesión privada, con el gerente del hotel. Lo vi tapando con una manta a Heinrich, que tiritaba en la cafetería, mientras le acariciaba con cariño su pelo ralo y gris.

Sentado frente a mí, en la penumbra de su gabinete, mi amigo iluminó con voz entrecortada un fragmento del pasado.

– Heinrich lleva mucho tiempo, casi treinta años, entre nosotros. Es parte esencial de esta casa, me atrevería a insinuar que su vida es el alma y el testigo de su historia. En cierta manera, ilustra toda su miseria y también su grandeza. Déjeme revelarle algo, un hecho terrible y desolador: Heinrich nació en Dresde, en el seno de una familia judía. A los quince años fue deportado a Auschwitz, donde vio morir a sus padres. Le hablo de una época remota, una época que todos desearíamos no haber vivido. Al final de la guerra, después de vagar por bosques devastados, regresó a Dresde, pero vio su hogar reducido a escombros. Ese hogar, querido amigo, era este palacio y Heinrich, mortificado, se exilió del país. Sin embargo, un buen día, cuando el olvido se había instalado entre sus piedras, regresó. Habló con mi padre, que entonces trabajaba en el hotel, y le contó en una noche su terrible historia. Lo aceptaron como huésped permanente, sin desembolsos, a cambio de realizar pequeñas tareas. Gradualmente acabó desempeñando otra actividad que, en realidad, nadie le exigía: mostraba a los clientes el palacio, les hablaba de sus anales y, a quien le quería oír, de sus extrañas mudanzas. Sin saberlo, con el paso del tiempo, se acabó convirtiendo en su protector y, de alguna manera, también en su juez. Así ha sido hasta hoy, durante muchos años, y así seguirá siendo hasta que esta ciudad, que él ama con locura, acoja sus huesos.

Epílogo

He regresado a Roma hace unos meses, fue el último invierno que pasé en Dresde. Me he propuesto volver pronto y recorrer de nuevo la ciudad: para pasear por sus calles, reconocer sus esquinas, sus galerías y palacios barrocos. Pero, sobre todo, regresaré para recuperar una huella milagrosa, que persiste muda y tenaz en mi alma: la certeza de que, incluso en medio del horror, cuando parece perdida toda esperanza, el hombre permanece. Y es capaz de elevarse, como este anciano judío, sobre la memoria del mal.

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