Diez tumbas

En su juventud, se había especializado en la fotografía aérea y aunque había retratado rincones insólitos, su trabajo más singular había consistido en hacer fotos de cementerios para el Gobierno francés. Eso había durado cerca de un año. Durante ese tiempo, mientras volaba por los cielos de Francia, se habituó a esa cartografía macabra y acabó encontrando cierta belleza en los cementerios que, como un coral terrestre, salpicaban el país. Sin embargo, una mañana de junio, mientras sobrevolaba la costa de Cornualles, sintió una profunda desazón. Su pulso, legendariamente firme, transmitió el temblor a la cámara y echó a perder la foto. Le pareció fruto de la vigilia, o de un sobresalto fugaz. Pero a la mañana siguiente, sin aclarar su conducta, decidió tomarse unas vacaciones.

En realidad, nunca volvió a subir a un avión. Envejeció lentamente, como si el tiempo en la tierra tuviera otra magnitud. Llegó a pensar, absurdamente, que giraba más despacio, con una pereza casi monstruosa. Pero durante todos esos años, infatigable, lo devoró otra obsesión: regresar al pequeño cementerio que había visto junto al mar.

La casualidad hizo que su único hijo, treinta años después, se casara en Cornualles. Aunque achacoso, decidió acudir a la boda. Sabía que tenía un enigma y una cuenta que saldar. Al atardecer, después de una comida copiosa, rogó que lo llevaran al cementerio. La extrañeza que provocó su petición no fue menor que su incertidumbre: algo le decía que aquel lugar, que no conocía, esperaba con afán su llegada.

Se tomó su tiempo antes de entrar en él. Mientras se acercaba a la verja, con pasos vacilantes, volvió a sentir aquella congoja. Se vio a sí mismo en el cielo, aferrando su cámara en vano. El cementerio, tal como recordaba, era minúsculo. Sus diez tumbas se alzaban como una fila de rocas blancas, con esa fragilidad de biombos al sol. Se desplazó entre ellas muy despacio, con la misma lentitud que la tierra. Y entonces, al ver las lápidas, comprendió: no su estupor, sino la eterna tristeza del mundo. Los diez jóvenes que yacían allí enterrados, habían muerto el último día de la guerra. Justo el último día. Antes de salir, con pulso torpe, anotó sus nombres en un papel.

Llegó a conocer a su nieta, a la que vio crecer en paz. También oyó hablar de pequeños cementerios blancos, diseminados por toda Europa. Alguna vez se preguntó dónde estarían y si podría visitarlos. Y pensó, con amarga tristeza, que serían innumerables.

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9 + cuatro =


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