El cielo y el suelo

A punto de sacar del horno el número 3 de nuestra revista, seguimos a vueltas con las colaboraciones aparecidas en el número 2 (y dentro de la sección que en él dedicamos a «La infancia».)

Lo que sigue es obra de Javier R. Abad (Phrygilus unicolor), individuo que también responde, a veces, al nombre de Caronte.

A Jota

A Jota, y le llamo Jota porque en realidad no sé su nombre, y de él sólo sé que le conocí un día diez, y la letra número diez del abecedario es la Jota, no le importa en exceso quedarse solo, porque en realidad no tiene uso de razón, ni falta que le hace. Aunque creo que tampoco iba a solucionar mucho que sí le importase quedarse solo, a fin de cuentas sus familiares más cercanos trabajan, y en esta ciudad no hay mucha gente de la que te puedas fiar por poco dinero, ni siquiera de los vecinos, así que es mejor la inseguridad aséptica de la soledad, que cualquier compañía mal pagada, porque es menos peligroso un desempleado que un empleado mal pagado.
A Jota, prosigo, no le importa estar solo, aunque a veces esto le produzca algún que otro llanto, porque de pronto se acuerda de algo que le hace feliz y en ese momento no lo puede conseguir, o porque se pegue un pequeño golpe y la rabia del haber tropezado le haga escurrir una lágrima contra una mejilla sonrosada. Pero en general, y sin miedo a equivocarme, creo que a Jota la soledad le importa un pimiento, porque tiene a la tele que hace ruido, y ponen dibujos, y de vez en cuando le cantan algo que le distrae, y habitualmente a media mañana se queda echado encima de la alfombra y no se despierta casi hasta las doce y media, cuando empiezan Tom y Jerry y la musiquilla del programa le hace entreabrir un ojo con una sonrisa. En su pequeño apartamento, blindado por la infranqueable seguridad de tres enormes sofás y el largo mueble de la televisión, la caliente alfombra, unos cuantos juguetes, y todo lo suficientemente grande para que no le entre en su pequeña boca, se pasa la mañana entera andando apoyado de un sofá a otro sofá, y cuando se cansa echa el culo a la enorme alfombra que lo mantiene caliente, y que siempre está impecable, negra toda ella para que se puedan ver hasta las más pequeñas briznas que Jota se pudiera llevar a la boca, y se pone a jugar con una tortuga roja, que cuando se mueve se le enciende la nariz, y al rato se acelera sola y comienza a dar volteretas hasta que se engancha entre el sofá o la pata del mueble de la tele y la mesa, y se para, y eso a Jota a veces le da rabia, porque no debiera de pararse, porque a él le gusta que la tortuga se mueva, y comienza la música de los Simpsons, que son casi a las tres y cuando suena eso Jota se apoya en el sofá que mira al Este, cerca de la puerta de entrada del apartamento, porque se va a oír un ruido raro, y se pone a bailar porque mamá está a punto de entrar en casa, y ya no estará solo hasta dentro de tres días, que hoy es viernes, y mamá no tiene que ir a limpiar más por las casas de otros, porque yo creo que Jota, que tiene sólo once meses piensa así, al menos es lo que yo pensaría si fuese él…

(Fragmento de la novela de título más que probable:“ENTRE CIEN CIELOS Y EL SUELO.
ENTRE EL SUELO Y CIEN CIELOS.
ENTRE EL CIELO Y CIEN SUELOS.
ENTRE CIEN SUELOS Y EL CIELO.”)

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ocho + = 9


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