El cuento

(Pues bien, aquí está. Y aunque nos resistimos a aceptarlo, aunque acariciamos —mimamos, cultivamos, engordamos…— la esperanza de que no sea así, tengan en cuenta que ésta podría ser la última página del «Libro de necrológicas». Que Dios nos asista. Y gracias, Capitán.)

El lanzador de cuchillos

Como mi padre decía, eran unos muertos de hambre y, entre todos ellos, El Portugués era el más famélico, el único que parecía vestir sobre sus huesos las ropas de un cadáver.

Llegaban a mediados de octubre, después de la vendimia, con aquella indumentaria que, al amparo de la penumbra, les daba un aire mundano, pero que a los ojos de los pueblerinos, congregados en la plaza, les hacía parecer más miserables.

Se anunciaban sobre un carromato temblón, viejo y desencuadernado, con un tiro de mulas sofocado de moscas: la mujer barbuda, el nigromante tuerto y un enano cabezón llamado Arquímedes. Ella ofrecería sus dones a los más libidinosos, como si su pubis fuese, en verdad, la única barba de su sexo marchito; el tuerto echaría las cartas asegurando proezas; y el enano rompería, con una carcajada, la muñeca del más forzudo. Si al final no eran arrojados al río – por lujuria, ponzoña o lesiones -, reservarían para el capítulo final su función estrella: la del imperial, excitante y glorioso lanzador de cuchillos.

Era difícil imaginar a un lanzador menos glorioso que a Gonzalo Duarte. Daba grima verlo con aquella levita negra y con aquel sombrero polvoriento y un poco fúnebre. En otro tiempo su chaleco, lleno de calvas, había sido de terciopelo. El Portugués aspiraba a ser solemne, o ceremonioso, pero le salía de pronto una voz de falsete: al poco de verle sobre el estrado, empuñando un cuchillo mohoso, la gente, siempre maliciosa, se burlaba de él.

Aquella noche consiguió, milagrosamente, que el hijo del panadero acudiese a su sesión. No sé muy bien cómo lo sedujo, pero la oreja de Antón, peluda y carnosa, rodó como un albaricoque por el viejo escenario. Su grito, con esa vehemencia del puerco el día de San Martín, resonó intempestivo a lo largo del valle.

Lo insólito de su crónica, es que Duarte hubo de regresar, dos años después, a las puertas del pueblo. Parece que lo estoy viendo, limpiándose en el felpudo, más demacrado que en su época de esplendor. Mi padre, que no era hombre religioso, se apiadó de él y lo sentó a su mesa con un plato de sopa. A despecho del cura – y de su propia familia -, decidió darle otra oportunidad.

Ponerlo a cavar tumbas fue, a la postre, una decisión atinada: incluso Antón, greñudo desde los tiempos sin oreja, aceptó con gusto su oficio de sepulturero.

El Portugués, todo hay que decirlo, puso mucho de su parte. Se veían las lápidas aseadas, era madrugador y en los entierros daba a las pompas, con su escueta figura, un suplemento piadoso. Con el tiempo llegó a echarse una novia, no recuerdo su nombre, aunque sí era más fea y escuálida que él.

No quiso el destino, sin embargo, reconciliarse con Duarte. Hubo de venir la guerra para requerirle, años después, una tarea peor. Por parejas, los sepultureros eran sacados al alba y obligados a cavar fosas comunes. En aquellos años sin alma, en las noches asesinas, yo le veía regresar pesaroso, con los ojos enrojecidos y llenos de espanto. El Portugués se fue consumiendo, pálido como una vela, con sus manos aferradas al mango de la pala.

Ahora pienso que fue la locura, o un soplo de fiebre, lo que le hizo lanzar su último cuchillo. Era una mañana de agosto y lucía en el cielo un sol cegador. En aquella ocasión no hubo reproches y el pueblo, contra la opinión del párroco, le dio cristiana sepultura. Yo mismo le llevé, a escondidas, un puñado de rosas. Pero tenía que hacerlo, mi pobre Portugués. Fue él quien, en aquella mañana soleada, al reconocer el cadáver de mi padre, se sacó un cuchillo del faldón y lo clavó, con una destreza inaudita, en la frente de un guardia civil. Lo remataron a culatazos, con saña, y lo dejaron tirado en la linde del bosque. Era apenas un harapo sanguinolento cuando te trajeron de allí. Lo recuerdo sobre la mesa, blanca de harina, como un pescado con las tripas al aire. Y con las moscas, como restos de hollín, frotándose las patas en su pálida frente.

Duarte no disfrutó de homilías, ni de dulces plegarias escoltando su entierro. Fue el suyo un final aciago, de esos que no figuran en los anales. Alguien susurró que sobraba caja para tan poca carne. Era un muerto poco glorioso. Pero horas después de que mis hermanas lo desvistieran y amortajaran, y cosieran delicadamente su levita, parecía realmente, en tu última función, un apuesto lanzador de cuchillos.

Miguel Paz Cabanas

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