Epitafios del cementerio silvestre

El epitafio de Ramiro Cruz es de los que inspiran añoranza, pero también una pizca de incredulidad: “Para un hombre que nunca lloró pelando cebollas”, declara en su tumba. No existen flores en ella, pero a su izquierda, entre dos nichos simétricos, hay otra que rebosa de tulipanes. Las flores secas son las que predominan en la parte alta del cementerio. Allí el viento se muestra inmisericorde y quema los pétalos de las más sensibles. Sobre una de las lápidas más remotas se lee: “Bajo, feo, encorvado, vivió, no obstante, de pie”. Hay tumbas donde la hiedra campa a sus anchas e introduce sus dedos en las rendijas más ocultas. En esa celosía vegetal, a veces se extravían algunas palabras: “Me aleg de q la diñaras, cabr”, parece que dejó escrito una viuda despechada. Los epitafios más llamativos se encuentran, no obstante, en el zócalo sur. Dos de ellos dicen: “Quien quiera conocerme, que cave profundo” y “Espero que mi alma no tenga los pies fríos”. Precisamente, junto a un panteón cubierto de orín, hay un pie de alabastro que recuerda a los de las estatuas romanas. El atleta que yace en él desapareció, inexplicablemente, al final de una maratón. Lo encontraron días después, convertido en algo parecido a lo que reza su epitafio: “Soy la sombra de mis propios pasos cuando anochece, la sombra que luego desaparece”.

La compacidad de esos panteones tuvo en su día una repercusión urbanística. Naturalmente, las familias deseaban conservarlos, pero el Ayuntamiento, preocupado por la falta de suelo, no quiso ceder. El conflicto se trasladó a instancias superiores, que tiraron por el camino de en medio. Hoy quedan la mitad de los panteones que a principios de siglo, pero han ganado en altura y majestuosidad. En el más grande de ellos puede leerse: “Tu legado, Saturno, se perpetuará en las estirpes futuras”. Por contraste, en el sitio más recóndito de todo el cementerio, figura esta inscripción: “Púdrete, Fabián, a mí ya no me pillas en más verbenas”.

No son infrecuentes las alusiones a talentos, destrezas o mañas del finado. La más singular, sin duda, es la de un carpintero gallego, que parece extraída de un cuento gótico: “Duermo en el ataúd que construí con mis propias manos”. Tal afirmación sugiere, siquiera sutilmente, la idea del suicidio. Afortunadamente, los suicidas ya no reposan, como antaño, a la intemperie. De todos es sabido que en otra época – otra época más aciaga – se despreciaba su contribución higiénica y se les enterraba sin contemplaciones en una parcela exterior. Es posible que en esa orfandad los búhos llegaran al anochecer y que en invierno, por debajo de la nieve, los conejos edificaran allí sus madrigueras más hospitalarias.

El cementerio, que tiene forma hexagonal, alberga exactamente mil ciento cuarenta y tres tumbas. No son demasiadas, pero representan un número interesante. El mayor asentamiento se produjo en los cincuenta, por culpa de una seta venenosa. Todavía hoy se discute quién fue el verdadero culpable, pero los miembros de la Sociedad Gastronómica “La Venatoria” apuestan por la viuda de López Arzuaga. Parece ser que, en un ataque de celos, la mujer introdujo el ejemplar asesino en la cesta de su esposo y éste, ajeno al desmán, lo sirvió luego en el banquete. López Arzuaga era un cocinero reputado, enemigo de los caldos y de los menús grasientos. Hay quien sostiene, sin embargo, que era adicto al txacolí.

“No perdonéis mis pecados”, dice la tumba de Juan. Ese es el nombre que figura, Juan, despojado de cualquier otro apellido. Junto a él, envuelto en crisantemos, un epitafio nos recuerda la lujuria de la vida: “Esperma fui y en esperma me convertiré”, sostiene. Hay otros más filosóficos, pero en cualquier caso resultan menos sugerentes.

No es que abunden las frases ingeniosas, pero en la sección oeste, justo debajo de tres cipreses – tres lúgubres cipreses – dos hermanos gemelos, fallecidos el mismo día, se despidieron con un guiño de complicidad. Realmente, son los epitafios más deslumbrantes del camposanto. Es una lástima que estén escritos en ruso.

Al caer la tarde, se ven las últimas siluetas depositando flores. Parecen pares sueltos de zapatos. Resulta curioso pensar que, precisamente, cuando alguien muere, suele quedarse con un solo pie calzado. Se levantan con fatiga y se atusan sus faldas largas y grises. La noche no puede ser más oscura. Todos los cementerios lo dicen, pero éste lo hace con un raro júbilo: os espero entre mis lápidas blancas, bajo la hierba que pisáis, en la usura sensual de la muerte.

“No hay plazas disponibles”: es lo que refleja el rótulo luminoso de la residencia de ancianos que hay frente a él.

Miguel Paz Cabanas

One Response to “Epitafios del cementerio silvestre”

  1. rimbaud Says:

    se le hechaba de menos, demonio de capitán.

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