Historia de un negro

La de conocer y la de narrar son necesidades solidarias. Cuando se aprende o halla una verdad esencial, apremia comunicarla. Y en esa acción verbal reside el orden y la comprensión del hallazgo. Pero sucede a veces que ciertos sabios carecen de la facilidad elemental de la palabra. Albert R. Thomas, aunque conocido como escritor prolífico, sufrió la enfermedad de la sequía literaria.

Hay que tener siempre presente que Thomas nació en Kosciusko, en el conservador estado de Missisipi. Los juicios morales sobre su comportamiento no deben obviar nunca la barrera de su educación.

Tras cursar estudios primarios, entró en el instituto Jefferson, donde recibió una esmerada educación asentada sobre tres pilares: Dios, Estado, Familia. Una nota superior a la media y sus habilidades sociales le sirvieron para ser admitido en Oxford. Allí ser doctoró como físico cuántico.

Paralelamente, su vida personal parecía detenida. La relación familiar será recordada por Thomas como fría y difícil. No se le conocen amores de juventud. Ni siquiera guarda recuerdo de alguna amistad especial en aquellos años. Su mundo se reducía a sus clases, donde satisfacía su necesidad de conocer, y a su parroquia, donde se llenaba del gozoso amor divino.

El mismo año en que se doctora, pasa a formar parte del equipo docente de la prestigiosa universidad. Allí entabla relación con Samuel, el hijo menor del jardinero que se dedicaba al mantenimiento de las zonas comunes del Campus. Samuel llegaría a ser con el tiempo su negro. Y nunca mejor dicho, ya que el color de la piel de Samuel llevaba el estigma de la esclavitud.

Todo sucedió de la siguiente manera: una mañana, en el banco donde Thomas almorzaba todos los días, el jardinero olvidó “accidentalmente” un relato que su hijo había escrito. Nada más leerlo, Thomas se puso en contacto con el negro. Éste le indicó quién era el autor de tan esmerada prosa. Días después, en la clandestinidad, Thomas mostraba a Samuel los clamores y artilugios de los clásicos. Comenzó a darle clases todas las tardes. No lo hacía gratuitamente. Esperaba sin duda conocer los entresijos de la creación, acertar a hilvanar dos frases eufónicas de una vez por todas. Cabe tener en cuenta que el profesor, como Cervantes, se afanaba y desvelaba por tener de poeta la gracia que no quiso darle el cielo.

Pero mientras Samuel mostraba gran facilidad para memorizar y asimilar en sus cuentos las enseñanzas de Thomas, éste seguía siendo incapaz de componer la más mínima frase con valor literario. Las emociones de ambos evolucionaban de maneras opuestas. Samuel sentía cómo se desbordaba en ocasiones la admiración por su mentor. Thomas profesaba una envidia profunda por el joven poeta. Sin embargo, la relación continuaba por su curso enriquecedor y destructivo, cualidades que, cuando se unen en encuentros clandestinos, tienen un claro fin: ambos comenzaron a amarse. Tenían relaciones sexuales dañinas y violentas. A menudo, tras el coito, entraban en una discusión feroz (siempre la misma) donde Thomas reprochaba a su pupilo ser un “inútil, incapaz, mamador de las ideas de otros”. El negro asentía con resignación. Y cuando le contestaba era con su única arma: mediante narraciones donde inventaba amorosas escenas entre amantes tiernos con trágicos finales.

Se le ocurrió entonces a Thomas que tal vez cada uno fuera una mitad de un solo escritor. En él residía lo docto, la sabiduría, el conocimiento. Mientras que en el joven se daba la palabra, el impulso, la capacidad de inventar. Tal vez, si Thomas le diera las directrices de lo que había de expresar, Samuel sería capaz de innovar en el mundo de las letras.

El primer libro que escribieron bajo este método se titularía “La interpretación de Copenhague”. Aplicando a la narrativa la propuesta de Neils Bohr sobre el Principio de Indeterminación, el texto trata de un narrador que es incapaz de conocer todos los parámetros por los que se mueven sus personajes. Al final descubre que sus personajes no sólo se ven afectados por las medidas a las que se les somete (medidas literarias, claro) sino que sólo existen en relación al narrador.

Como Thomas comprendió desde un primer momento que no encontraría editor para un joven negro, aunque alguien como él, un prestigioso profesor de Oxford, fuera coautor del texto, decidió que únicamente su nombre apareciera en el libro.

Fue un éxito editorial rotundo. Tanto aumentó el prestigio del profesor que ese mismo año le nombraron Catedrático de Física Cuántica en su universidad.

Dos después años apareció en el mercado “Teoría de las cuerdas y lo bello” donde se propone que la belleza es una partícula subatómica y que la fuerza que ejerce puede ser cuantificable. En ella Samuel, de manera alegórica, declara su amor al autor firmante. Y hace también una reivindicación que, llegados aquí, puede servir como cierre del texto: “Ella le miró a los ojos. Los tenía encharcados en lágrimas. Le temblaba el labio inferior. Intentó aun así expresarse con dulzura. No creo –le dijo- en las mitades. Puede que tengas razón en que lo bello posea la fuerza arrebatadora del amor. Pero no me digas que somos como dos mitades que se han unido, y luego dejes caer todo tu peso sobre mí. Yo no estoy aquí para soportar tu peso. ¿No comprendes que me asfixias? Hay ocasiones en las que me encantaría ser tremendamente fea, tanto que espantara a todo el mundo, y poder estar así sola, y sentirme libre. Y entonces pienso, ¿Qué sería yo sin ti?”

Nacho Abad
01-03-2005

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