Infancia vs Filosofía

Quizá uno de los temas que menor atención han recibido por parte de la Filosofía, sea precisamente el de «la infancia». Tal vez porque, como sugiere Javier Quirós (Diuca speculifera), hacerse adulto consiste en ir perfeccionando su olvido.

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Niños sin palabra, adultos sin memoria
por Francisco Javier Quirós Cuevas
«Pero mi infancia murió y yo sigo vivo.»
Agustín de Hipona, Confesiones, I, 6.

Nacimos, pero no conservamos de este acontecimiento ni siquiera un débil e impreciso recuerdo, de modo que tan sólo podemos creer a quienes nos dan testimonio de él. Después fuimos infantes, niños sin palabra; mas tampoco tenemos ningún conocimiento directo de este hecho, sino que son otros quienes nos dicen qué hicimos y cómo éramos en aquella etapa de nuestra vida previa a la conciencia de nosotros mismos. Así pues, no sólo fuimos material y afectivamente menesterosos durante nuestra primerísima infancia: también lo somos y seremos siempre a la hora de saber de ella. Otros nos conocieron antes de que emprendiéramos la tarea inacabable de conocernos a nosotros mismos. No cabe más que la confianza en su palabra. El tú precede al yo desde el inicio mismo de la existencia.

Más tarde, los demás nos dieron el lenguaje para que nos comunicásemos con ellos, entendiéramos el mundo y, además, se nos revelasen nuestros propios deseos y sentimientos, vividos hasta entonces irreflexivamente y sin posibilidad de comprenderlos. La memoria tampoco nos ofrece dato alguno de los años en que, asombrosamente, nacimos a la palabra. Sin embargo, poco a poco, aquella niebla primera de la infancia, casi una nada en nuestro espíritu, se disipa lentamente para dejar paso a las primeras imágenes de nuestra niñez. Éstas no se encuentran unidas por ningún argumento, sino que brillan sueltas, preñadas todavía de emociones a pesar del tiempo transcurrido. No hay ni puede haber aún una autobiografía elaborada a partir de lo que guardamos en la memoria acerca de aquel tiempo, porque los recuerdos no son suficientes ni poseen siempre orden y sentido. Así que la historia de aquella época también nos la han tenido que contar los demás, y no podemos hacer otra cosa que escucharla de nuevo de su boca cada vez que volvamos a preguntarnos por ella.

No obstante, gracias a esos primeros recuerdos, sabemos —si bien con la limitada certeza de la memoria— que nuestra infancia no es una ficción. A la confianza en quienes nos hablan de nuestra niñez, se suman algunas huellas imborrables en nuestra alma que, en cierto modo, nos corroboran que fuimos ese niño que nos dicen que fuimos. Con todo, por mucho que aumenten progresivamente las representaciones de aquel período de nuestra vida, jamás llegan a constituir la memoria de una existencia vivida por un sujeto que dura en el tiempo siendo consciente de su paso. Los recuerdos continúan siendo retazos, imágenes casi inmóviles de presentes ya pasados que con frecuencia no somos capaces de ubicar cronológicamente con exactitud y cuya fecha tenemos que inferir casi siempre a partir de otros datos. Rostros, sentimientos, palabras, lugares y toda clase de objetos se mezclan en nuestra memoria sin configurar siquiera una sucesión coherente de vivencias.

Ésta es quizás la infancia que recordamos como un lugar del que salimos para siempre, como un modo de existencia del que fuimos expulsados y al que jamás podremos regresar. No es que fuera un universo perfecto en el cual no hubiese tristeza ni dolor. Por el contrario, junto con ciertos instantes de intenso gozo, nos acordamos muy bien de momentos de profunda desolación. Y, desgraciadamente, hay quien se ve forzado a recordar una infancia repleta de ellos hasta lo insoportable. Pero, aunque así sea, aquellos golpes no fueron vividos de la misma forma que ahora. Nos aburríamos y jugábamos; llorábamos y reíamos; nos sentíamos desdichados y al momento siguiente nos entreteníamos con cualquier pequeñez. Sin embargo, aun cuando nos sucedieran cosas horribles, no había posibilidad de que la totalidad del mundo se quebrase de golpe mostrándonos su absurdo. En la infancia se reconocen muchísimos misterios, se sienten penas muy hondas, se frustran numerosos deseos, se tiene un miedo atroz y se puede llegar a sufrir enormemente; pero, mientras somos niños, nunca nos muerden el sinsentido ni la desesperación, pues se vive con la secreta confianza de que quizás la vida y el mundo nos reserven novedades y sorpresas sin fin, como si nos hallásemos permanentemente al inicio de una aventura. De este modo, pese al doloroso roce de las ganas con la áspera realidad, para el niño todo está todavía por conocer y, dicho sin ninguna exageración, todo puede aún pasar.

Ahora bien, esta confianza en el fondo último de la realidad, que ha resistido hasta entonces tantos desengaños, se desvanece cuando la infancia nos abandona debido al terrible descubrimiento del tiempo, la percepción de la fugacidad de todo y ciertas decepciones tan hondas que nos despiertan a la finitud de la existencia. Así sucede cuando, por ejemplo, nos damos cuenta de la pérdida irrecuperable de los momentos vividos, tomamos conciencia de que hemos obrado mal sin que ello tenga ya remedio, o nos enteramos de que, por increíble que resulte, alguien en quien confiábamos totalmente nos ha traicionado. Incluso puede ocurrir que la infancia termine con mayor brusquedad si, inesperadamente, la muerte de un ser cercano se comprende no como una mera ausencia o una partida hacia lo desconocido, sino como el hundimiento en una inimaginable nada. Entonces uno se da cuenta de sí mismo como alguien separado, solo y en frente del universo entero; entonces uno ya no puede seguir viviendo la existencia como un juego y, por consiguiente, se ve obligado a hacerse cargo de ella preguntándose por su sentido y valor.

Sí, aunque muchos lo hayamos olvidado, hubo necesariamente ciertas experiencias —a veces basta con una muy radical— que comenzaron a cerrar nuestra niñez abriendo paso a otro modo de instalación en la existencia. Con ellas cesó de haber puro presente para darse también el pasado y a la par mostrarse el horizonte del futuro. Tras ellas surgió la plena conciencia de un yo que se distingue de los otros, busca su identidad y se proyecta hacia el porvenir, consciente ya de que las posibilidades no son infinitas, sino que cada paso conduce a unas clausurando para siempre otras. Y así, cuando el niño sabe que ya no podrá existir como si no hubiera cometido aquella falta de la que tanto se arrepiente y avergüenza, o como si pudiera volver a vivir aquella tarde de pura dicha, empieza a dejar de ser niño y a perder la inocencia, estado probablemente mucho más próximo al despreocupado juego que a la ausencia de egoísmo y maldad.

Sobre esa inocencia característica de la niñez se dicen muchas cosas. Hasta se construyen complejas teorías totalmente alejadas de la experiencia originaria de ella. Lejos de reconocer los prejuicios que nos ciegan, vivimos convencidos de saber perfectamente qué es ser niño y en qué consiste ese inocente modo de encontrarse en el mundo tan propio de la infancia, y que quizás se caracterice precisamente por no distinguir con nitidez lo otro de uno mismo ni la fantasía de la realidad. Nos referimos a dicho estadio de nuestra vida como si poseyéramos una ciencia inmediata y rigurosa de su naturaleza, cuando, en el fondo, únicamente conservamos, aparte de las narraciones que otros nos cuentan de nuestra propia niñez, recuerdos deshilvanados de dicha etapa de nuestra vida. La verdad es que el resto de nuestro conocimiento acerca de la esencia de la niñez y su inocencia se lo debemos más bien a la pobre observación externa del comportamiento de los niños con nuestros ojos de adulto; una conducta que, por cierto, nos desconcierta muy a menudo por haber perdido casi toda la empatía necesaria para comprenderla adecuadamente.

Por tanto, la infancia, en vez de ser un objeto que podamos entender plenamente desde nuestra vida madura, apoderándonos así de él con la exactitud de la inteligencia, se presenta, en cambio, como un misterio que invita continuamente a la indagación. Al igual que toda persona, cada niño es singular, único y absolutamente otro; pero tal vez su alteridad sea para nosotros todavía más extraña e irreductible que la de los demás adultos, con los que, a pesar de la diversidad de perspectivas que implica la pluralidad de sujetos, parece que al menos compartimos un mismo mundo o una forma similar de afrontar la vida en él. Por este motivo, tal vez debiéramos tomar conciencia, socráticamente, de nuestra ignorancia acerca de la niñez antes de responder con tanto atrevimiento a la pregunta por la peculiar manera de vivir la existencia en que consiste la infancia. Y quizás no tengamos más remedio que aceptar que, en nuestro propio espíritu, no queda nada de esa inocencia que se nos revela en la mirada de un niño exigiéndonos un cuidado y una acogida incondicionales, pero siendo a la vez —y acaso justamente por ello— un maravilloso don.

One Response to “Infancia vs Filosofía”

  1. AdVaN Says:

    Nunca lo había pensado.
    ¿Por qué no nos traes a tus alumnos textos tuyos?
    🙂
    Anónimo.

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