Juicio de faltas

Por Ceferino Carpintero Díez (Sphyrapicus ruber). Fotografía de Ana Bolívar.

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Aquel día, como siempre, te obedecí. Dejé mis juegos y a mis amigos siguiéndote a casa. Eran las primeras horas de la mañana de aquel día en que me dijiste que no fuera al cole. Me despejaste de mi blusita, del peto, los calcetines y las zapatillas de corretear. Me lavaste y peinaste con esmero. Me calzaste aquellos zapatos duros y relucientes que yo tanto odiaba, pues cuando me los ponías era señal inequívoca de que nos íbamos a la ciudad. Me vestiste con el traje de los domingos y yo te seguí, obediente: “¿Vamos a casa de la abuela?” “No, vamos a un juicio”, respondiste muy seria. “¿Qué es eso de un juicio?”, pregunté. “Un juicio es donde unos señores castigarán a don Miguel por haberte dado aquel golpe tan grande con la cacha.” Yo me enfurruñé: “¡No quiero ir! ¡Me pegó porque le hicimos una trastada! ¡Ahora, a eso del juicio, no quiero ir!” No me hiciste caso y me llevaste a la ciudad, a aquel edificio de la Plaza Mayor, tan grande y con tantos balcones, y después de esperar en aquella gran habitación, salió por una puerta un militar grande y gordo que parecía estar muy enfadado. Leyó un papel en voz alta y al pronunciar mi nombre y mi primer apellido, titubeó un instante como si no entendiera algo, y mirándome a mí se le debió pasar el enfado, pues se echó a reír y dijo algo que yo no comprendí: “¿Pero es que todavía vive el famoso José Herrero?” Y tú le contestaste muy enfadada: “¡No vive porque ustedes le asesinaron hace cuatro años. Y éste —dijiste cogiéndome fuertemente de la mano— es su hijo, huérfano de un padre extraordinario!” Así le gritaste a aquel hombre terrible, que al oírte se puso rojo de ira y empezó a decir palabrotas. “¡Cállese, cállese si es que no quiere ir donde actualmente está su marido!” Aterrorizado, me refugié detrás de ti. ¿Pero qué decía aquel hombre? ¿Que si yo vivía todavía? ¿Que yo era famoso? ¿Y yo había sido hijo de un padre?
Al fin, se celebró aquel maldito juicio y nos marchamos de aquel caserón, tú llorando y yo lleno de miedos y de preguntas sin respuesta. Menos mal que una vez en el barrio se me fueron los temores y, ya más tranquilo, sentado en el banco del portal de casa, empezaron a aclararse mis dudas: ¡yo no sabía que había tenido un padre como todos mis amigos! Yo creía que los niños los tenían las mamás y que algunas mamás tenían en casa un hombre a quien mis amiguitos llamaban papá, y lo tenían para que los defendiera, fuera a trabajar y trajera dinero a casa para vestir y comer, y que yo no tenía papá porque mi mamá no lo quería, puesto que ya estaba con nosotros el abuelo. ¡De modo que yo tenía un papá, y unos señores malos, amigos de aquel hombre horrible, le mataron!
Desde aquel día, sentí una gran envidia de todos mis amiguitos. ¡Todos tenían papá y yo no! Pero me consolé algo al pensar que Manolín, el gitano, tampoco tenía papá, que lo mataron de un navajazo en la barriga, en la chabola de la Callejina donde vivían. Bueno, y ahora que me acuerdo, tampoco tenía papá Paquito el de los periódicos, que le mató el tren el año pasado. El trenecito que hace las maniobras en la plaza, cerca de los almacenes de Cervigón. La gente decía que fue culpa del maquinista y éste juraba que no, que Paquito se tiró a la vía de repente y que no le dio tiempo a frenar. Allí quedó partido en dos, que yo le vi, con las tripas y la sangre mezclada con los periódicos y la calderilla, que le tuvieron que meter en aquella caja de muerto blanca, de niños, recogiendo sus pedazos con una pala. Allí no estaba su papá, que no tenía. ¡Cómo lloraba su mamá! ¡Aún tiemblo de pensarlo!
Han pasado unos días desde el juicio y he pensado en muchas cosas. La primera y principal, que ya no volveré más a León. Si me obligas, mamá, huiré a través de los prados hacia los altos de Oteruelo, donde vive el señor Gaspar, el curandero, el que me entablilló la pierna que me rompió el año pasado el ciclista que me atropelló cuando cruzaba la carretera. Por allí seguiré al Sol que se va hacia Galicia, donde está el mar, que me lo ha dicho la maestra, la señorita Rosario, y que allí el Sol se hunde en el mar y es el espectáculo más hermoso que se puede ver en el mundo, pues ella lo vio una vez, según nos dijo. Así que cruzaré los prados del tío Pedrón, los del Ciego y los que están más allá de la Callejina, donde viven los gitanos. Pasaré Oteruelo y caminaré día y noche, hasta llegar a las montañas, las subiré, las bajaré, las cruzaré y seguiré caminando más allá, a lo lejotes, quién sabe hasta dónde, pero llegaré hasta el mar y no volveré porque me meteré en un barco y me marcharé a América, que para allá van los pobres, que también nos lo dijo la maestra.
Pero también pienso que esto lo digo ahora que estoy muy enfadado, y yo ya sé que mañana me arrepentiré y no me marcharé pues sé que llorarías mucho, más de lo que ya has llorado. Así que lo juro por Jesusito, mamá, que estaré siempre junto a ti, y cuando sea mayor me casaré contigo y nos marcharemos los dos a la orilla del mar, lejos de esa ciudad donde hay tantos hombres malos, y allí estaremos los dos mirándolo todos los días y veremos cómo se traga el Sol en los atardeceres. Todos los días hasta que nos muramos. Porque, aunque nos querremos mucho, ahora ya he aprendido que algún día también moriremos. Algún día…

One Response to “Juicio de faltas”

  1. luismi Says:

    Interesante blog, os he visto citados en http://www.salollibrebcn.com/blogs.asp

    Enhorabuena!

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