Julia y el tren azul

Cada mañana, desde hacía ciento veinte años, Julia cubría el mismo trayecto desde su casa: un puente de titanio que se arqueaba sobre el lecho de un río, una luminosa plaza de cubos fractales y un pasaje arbolado que desembocaba en un bulevar. Justo a mitad de camino, entre su casa y el trabajo, vislumbraba el perfil de una estación alfa y se detenía un instante. Un violento fragor de aceros comenzaba a crecer en la calle, hasta volverse ensordecedor. Luego, como en un trance febril, sobrevenía el silencio y el humo, en una voluta azul, se deshacía ante sus ojos.

Del tren-alfa de las ocho treinta, Julia conocía hasta la fecha bautismal. Sabía, asombrosamente, que su diseñador había muerto en el 3006 y que su piloto – un robot de voz gangosa – era oriundo de Varsovia. Conocía también, con una exactitud admirable, cuántos años llevaba de servicio y cómo los había cubierto sin un solo desliz. Se jactaba de otros detalles más minuciosos y de algunos poco comunes, pero lo que no sabía, lo que por completo ignoraba y acaso temía, era cómo podía ser su interior: porque, por insólito que parezca, Julia nunca había puesto el pie en su plataforma azul.

Cómo es posible tal cosa y cuál es el enigma que lo explica, es algo que no desvelaremos aquí. Como tampoco diremos si el piloto era realmente de Varsovia– o más bien de sus alrededores -, o si Julia, tal como sospechaban sus vecinos, tenía el mal de Linmeier. Lo que sí nos aflige y hostiga es algo muy distinto, algo que ocurrió poco después: nos referimos a la mañana en que, por primera vez en mucho tiempo, el tren quedó inmovilizado en la estación.

Sucedió de repente, sin previo aviso, como suelen suceder estas cosas banales. Julia atravesaba la plaza hexagonal – como otros días a la misma hora, con su paso menudo y febril -, cuando, asustada por un temblor de palomas, presintió una hiriente certeza: el tren riguroso y eterno, la máquina que conocía como a una hermana, no acudiría a su destino…y la luz que en otro tiempo había anunciado su salida, tampoco.

Qué pasó por la mente de Julia en aquel instante, qué la torturó y la hizo rendirse, es algo que nunca podremos saber. Un testigo malévolo hubiese querido averiguar en qué licores naufragó aquella noche y porqué, siendo virgen, se dejó seducir por un bribón. Un testigo frívolo, viperino y poco amante de los escrúpulos, hubiese comprometido el honor de nuestra bella, condenándola al fango para siempre. Pero nosotros, fieles como somos a su historia, no caeremos en esa tentación. Nos limitaremos a seguirla de regreso a casa, por calles chatas y ensombrecidas. Retiraremos el embozo que cubre su cama y apagaremos discretamente la luz. Y sólo entonces, cuando vencida y raptada por el sueño, nos evoque su ausencia, le susurraremos al oído la verdad: que ese tren que ella no ha cogido nunca, lleva ventanas pintadas de gris; que los viajeros que van en él se ajustan en silencio los huesos; y que el ser que entra en su casa, inflando las cortinas con su aliento azul, sólo pronuncia cinco sílabas: Julia, mi dulce Julia, la última mutante cuyo nombre, ya nadie recuerda porqué, salió de las páginas de un libro.

(Para Julia)

Achab

2 Responses to “Julia y el tren azul”

  1. paterfamilias Says:

    gracias por esta bienvenida, fantasmagórica, inquietante y hermosa.
    como lo que está por venir. o lo que está ya mismo.
    Julia le envia un gracioso berrido entre chupadas al pezón de la vida.

  2. Anacoreta Says:

    Qué dedicatorias más sentidas hace Achab. (Y uno aquí con sus «mesiadas» encontradas entre legajos y légamos)
    Salud y larga vida a los padres/madres y a las criaturas.

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