La canción

– Cómo fue que lo dejó escapar, Ortega.

Ustedes lo conocían, Ortega era un joven recto, justo pero implacable, no distinguía entre pobres o pudientes, lo mismo enjaulaba a un sátrapa que a un yonki muerto de asco. Por eso nos extrañó tanto su flaqueza, aquel error imperdonable, aquel desliz que nadie en la comandancia consiguió comprender.

– No era como los otros, mi sargento…Y había una canción…una canción que él…

Nunca aclaró su conducta, no quiso dar explicaciones, como si no le afectara el asombro, el estupor de los jueces que le expulsaron del cuerpo.

– ¿Me quiere hacer creer que lo entendía, Ortega? ¿A un negro que ni siquiera chapurreaba un mal francés?

Los años transcurrieron, las pateras seguían llegando, había días que el mar parecía un barril lleno de hombres. Alguna vez, entre el humo y las copas, pensábamos en él, o hacíamos conjeturas con sabor a tragedia: “Ése acabó pegándose un tiro, mi sargento, o a lo mejor ingresó en un manicomio…”. Con el tiempo lo olvidamos, su memoria se fue disolviendo, hasta que, ya saben las vueltas que da el mundo, me lo tropecé una noche aciaga, no estaba en buen lugar, hacía de portero en un tugurio de mala muerte.

– Fue el único que sobrevivió aquella noche, mi sargento, estaba muerto de frío, empapado hasta las orejas…

– Eso ya lo sé, Ortega; pero ya había ocurrido más veces: un único superviviente… No me diga que ésa fue la razón por la que lo ayudó a escapar.

Le ofrecí un cigarrillo, me acordé de repente que no fumaba, pero lo cogió, y empezó a susurrar, quedamente, lo hacía de un modo absorto, los ojos clavados en el suelo, y entonces comprendí, no las palabras, aquellas palabras salobres, sino la historia, la historia que insinuaba su antigua canción.

– ¿De qué hablaba la canción, Ortega?

Recuerdo que me miró, sonreía vagamente, tenía los ojos ardiendo de fiebre.

– De una mujer, mi sargento, de una negra ahogada en el mar… Y de la espuma blanca que cubría su cintura…

No he vuelto a saber nada de él, tampoco hice nada por encontrarlo. Yo sigo aquí, esperando la muerte en Tarifa. A veces, sólo a veces, me parece ver su sombra en la pantalla del malecón.

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