La ciudad son casas de barro

La ciudad es un silencio de estanques y casas de barro. Has traspasado sus murallas, buscado cuadra y hospedaje y, aún así, sólo te inspira inquietud. La ciudad, vacía y ausente, envuelve sus calles en un silencio furtivo.

Una década antes, siendo joven, trazaste un plano de cortes malditas: lugares fríos e inhóspitos, donde nunca irrumpía la luz. Estaban, sucios y gélidos, los pueblos del mar (ceñidos por una niebla augusta); estaban, cargadas de hiedra, las iglesias sajonas; y estaban, pútridos y oscuros, los suburbios de Europa: esas ciudades del norte en el alma, donde nunca cesaba la lluvia.

Poco a poco, entre las estrías del alba, reconociste un sonido antiguo. Susurros que se difundían, a pesar de la bruma, como emisarios proscritos; voces que adquirían, en tu mente, una textura familiar: algo que se deslizaba en el valle sin delatar su presencia, reptando, lentamente, por las murallas de la ciudad.

– ¿Duermes, verdugo? Ya ha despuntado el día.

La voz de los soldados, inesperada y ruda, aplacó tu ensoñación. Sentiste, sobre la piel de los muslos, el bochorno de estar desnudo y, más tarde, el áspero tacto de la manta. ¿A qué se debía tu congoja? Sabías, por especieros y mendigos, que eran templarios; conocías, por una doncella, su lealtad al Rey. ¿Por qué entonces aquel sobresalto, aquel somero temor?

– Ya me visto. Tan solo un momento.

Los soldados avanzaron delante, sin alterar su ritmo pausado. Un aire húmedo agitaba, llegado de lejos, la luz de las velas. Sinuosos pasadizos, galerías largas e interminables se abrían ante ti. Pensaste: Verdugos y asesinos, recorren las calles sin nombre; verdugos y asesinos, de ronda por la oscuridad.

De las sombras, vestido con ropa talar, emergió un ser contrahecho. Lo reconociste, o te pareció reconocerlo, en un meandro del sueño: su cráneo tonsurado, la rigidez de su rostro, su estirpe de raza maldita. Pareció mirarte a los ojos, antes de saludar al cortejo.

– ¿Quién va?

– Un hombre de Dios.

– ¿No debería esperar en la celda, padre?

– Los siervos del Señor rezan en los caminos, soldado.

– Está bien. Síganos.

Lentamente, sin palabras, bajasteis a las mazmorras: siglos de penumbra y dolor sepultaban su triste memoria. Pero en el cruce de dos grandes estancias, donde sólo habitaba la oscuridad, surgió de golpe el pasado.

– Dime, ¿habías estado antes aquí?

– ¿Por qué me lo pregunta, padre?

– Quisiera pensar que no te conozco…

Sí, caminasteis, descendisteis un trecho más: tres ejecutores y un religioso, cuatro hombres en busca de un reo. ¿Qué representabais? Las instancias más adustas, los poderes más temibles… Pero uno de vosotros vacilaba, presentía en el alma un lejano clamor.

– Esperad.

– ¿Qué ocurre, verdugo?

– ¿No lo oís?

– ¿Qué cosa?

– Ese ruido metálico… Yelmos y lanzas chocando…sobre nuestras cabezas.

– ¿Sobre nuestras cabezas?

– ¿Cómo no podéis advertirlo? ¡Es ensordecedor!

– Estás delirando.

Prosiguieron su camino sin escuchar tu demanda, ajenos al ruido y la lucha. No obstante, era demasiado flagrante, demasiado brutal para ignorarlo: los bronces ávidos, superponiéndose a los gritos; las espadas, encarnizadas y rabiosas; y sobre todo ello el horror, un horror abismal…

– Decidme que lo oís… Dios Santo, ya sé lo que pasa…

– ¿Qué ocurre?

– ¡Han venido a liberarlo!

– Será mejor que lo atemos.

– Hijo mío, ¿deseas ahora la confesión?

Un horror que no eran sólo voces, o susurros, o gritos de un ejército invasor…

– ¿Qué es esto? ¿Por qué me encadenáis?

– Ego te absolvo…

Un horror que crecía a través del olvido, de la abrasadora luz que cegaba tu memoria.

– In nomine patris…

Tu memoria, tu frágil memoria…

– ¡Soltadme! ¿Os habéis vuelto locos?

– Et espiritui sancti…

…la memoria de un hombre…

– … Amén

…condenado a muerte.

– Ya llegamos.

Oíste, sobre la eternidad de la niebla, un murmullo lejano; y sentiste, como arena en la sangre, el paso del tiempo. No les habías podido convencer de que todos ellos, los jueces y los testigos, eran también los verdugos.

Achab

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