La nueva Arcadia

“- Es una idea rara… -dijo entre dientes-. Reproducirse cuando uno no ama la vida.”

Las partículas elementales,
Michel Houellebecq.

El 11 de octubre de 2005, festividad de Santa Soledad, cayó en martes. Fue, en casi toda la isla de Irlanda, un día de lluvia suave y constante, aunque al atardecer, por muy poco tiempo, las nubes dejaron pasar algunos rayos de sol que iluminaron las praderas y los árboles, los caminos de tierra y todos sus guijarros. Durante aquellos minutos, esa parte del mundo fue especialmente hermosa, y los individuos más sentimentales pudieron imaginar que se trataba de un mundo nuevo, recién estrenado y mejor.

El ilustre biólogo Michel Djerzinski, sin embargo, no pudo verlo. Llevaba semanas trabajando mucho y durmiendo poco, apremiado por la sensación de que se le acababa el tiempo. Aquella tarde, recostado en un sillón, con un whisky aguado sobre una mesita que tenía a su derecha y una sencilla edición de la Biblia en su regazo, terminó por quedarse traspuesto. En ese estado, un fenómeno asimilable al atmosférico se produjo en su cerebro: tuvo un sueño breve, luminoso y esperanzador.
Había muerto y un sencillo monumento con forma de altar honraba su memoria sobre los acantilados de Aughrus Point. En torno al túmulo, había un grupo de unas cincuenta mujeres. Todas iban vestidas con ropajes blancos y holgados; todas parecían tener la misma edad; todas mostraban también un aspecto bello y saludable. Caía una lluvia fina y apacible, pero en el horizonte, una franja despejada del cielo dejaba pasar los rayos del sol. Aquellas mujeres, mojadas por la lluvia e iluminadas por el sol, charlaban amistosamente. Algunas, tendidas en parejas sobre la hierba, se tocaban con ternura y minuciosidad, sin despojarse de sus ropas. Otras permanecían sentadas y se abrazaban mirando al mar. Hay que reconocer que al propio Djerzinski la escena le resultó un tanto almibarada y cursi; pero, observando aquella estampa, el investigador supuso que, antes de morir, había logrado su objetivo: crear la primera generación de seres humanos asexuados e inmortales, y por lo tanto con verdaderas posibilidades de ser felices. También pensó, ya que veía la escena desde diferentes ángulos a la vez y un tanto elevado, que tal vez él se había convertido en Dios. Entonces se preguntó si las mujeres que veía le adoraban; si, además de una nueva estirpe, había creado una nueva religión. Desechó esta posibilidad al darse cuenta de que estaba sintiendo nostalgia, una emoción sólo posible en los “antiguos» humanos. Recordó a las personas que habían sido importantes para él: su hermano Bruno, internado en un psiquiátrico; Anabelle, la mujer que le amó y murió de cáncer; la abuela Marie, que le cuidó desde los dos años. Sería Dios, se dijo, si hubiera logrado para ellos una segunda oportunidad. Entonces, mirando la verde pradera que recubría aquel extremo del mundo occidental, sobre el que la nueva humanidad inauguraba su propia era, sintió tanta tristeza que despertó.
En ese momento una nube ocultaba el último rayo de sol que iluminó aquel día. Michel notó que tenía la cara húmeda. La emoción que le dominaba le hizo sentirse extraño y hasta preocupado. Era totalmente desconocida para él. ¿Sería eso, el amor?
Se inclinó y recogió la Biblia, que había caído al suelo durante su sueño. Estaba haciendo progresos, y esa seguridad le tranquilizó.

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