Las tarjetas

El poeta y narrador Vicente Muñoz Álvarez (Arremon taciturnus) es otro de los nuevos colaboradores de The Children’s Book of American Birds, así como el ilustrador Toño Benavides, con quien comparte espacio en la revista.

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Dibujo de Toño Benavides

Las tarjetas

por Vicente Muñoz Álvarez

Me lo ha dicho al llegar a casa mi mujer, durante la comida, que han llamado de la Imprenta Alonso preguntando de qué color quería las tarjetas. Así sin más, sin otra explicación, eso me ha dicho. No he entendido nada, no sé a qué se refiere, ni siquiera sé qué Imprenta es esa. Llego agotado del trabajo, desmotivado, y mi mujer me dice que han llamado de una Imprenta que no conozco preguntando el color de unas tarjetas. De nada ha servido insistir, pedir explicaciones, detalles, molestarme incluso: me ha contestado siempre lo mismo, que sólo le han dicho eso, en la Imprenta, de qué color quería las tarjetas, y nada más, imaginó que yo estaría al tanto y quedó en comentármelo cuando llegara. En un margen del periódico, a lápiz, ha anotado el número de teléfono de la Imprenta para que llame y aclare el asunto, si quiero, y no hay más, eso es todo, se acabó. Le ha sentado mal mi curiosidad, mi preocupación, mi alarmante insistencia. Que llame yo y pregunte, si me interesa, porque ella no sabe nada, también llega agotada del trabajo y no descarga conmigo, dice, no le da vueltas inútiles a las cosas ni se obsesiona por tonterías. Seguramente haya sido una equivocación, añade, y nada más, no hay por qué preocuparse, no hay por qué insistir. Lo malo es que en la Imprenta Alonso, cuando más tarde he llamado, me han dicho que olvidé anteayer decirles de qué color quería las tarjetas, blanco, hueso, marfil… Eso me han dicho. Que yo no había encargado esas tarjetas, respondí, que sería una equivocación en el teléfono o en cualquier otro dato, pero no, no era ese el caso, el número de teléfono al que llamaban era el nuestro, el de casa, y los datos que tenían eran los míos, mi nombre, mis apellidos y mi dirección, eso era lo curioso, que todos los datos que tenían eran exactos, correctos, alguien que no era yo había encargado unas tarjetas de visita a mi nombre, pero no había especificado el color: ese era el caso. Que no sabía nada, insistí, que yo no había ido por allí ni encargado esas tarjetas, que debía ser una coincidencia, una broma pero que, por favor, anularan ese encargo porque yo no quería (ni realmente necesitaba) esas tarjetas. Que no se explicaban entonces lo que había podido pasar, quién era el que anteayer había ido allí y dejado mis datos y por qué no los suyos, era absurdo, unas tarjetas de visita a nombre de otra persona, eso era absurdo, no lo entendían, habían realizado ya el diseño, sólo faltaba determinar el color, y ahora esas tarjetas no tenían destino. Una coincidencia extraña, admití, porque realmente no sabía ya qué decir, ni ellos ni yo, llegado un punto, sabíamos ya qué decir, alguien que no era yo había encargado a mi nombre unas tarjetas, ese era el caso, y yo no necesitaba (ni realmente quería) esas tarjetas. Que me disculparan, pues, si es que yo tenía algo de culpa, pero que, por favor, insistí, anularan ese encargo. Y así ha quedado la cosa. Después de muchos rodeos han decidido, de momento, paralizar la elaboración de las tarjetas. Si fuera no obstante a preguntar por ellas quien anteayer las encargó, le comentarán lo que ha sucedido, que yo no he aceptado su encargo y que si pese a todo quiere él las tarjetas. Tal vez puede que él las quiera, me han dicho, y por eso, de momento, conservarán en su ordenador el diseño con mis datos. Si él, quien realmente las encargó, apareciera por la Imprenta a buscarlas, como de hecho dijo que haría, ellos tendrían el diseño listo para imprimirlas y dárselas como efectivamente acordaron. Sólo en ese caso, lógicamente, las tarjetas serían impresas. Y así, más o menos, hemos quedado. Ambas partes, la Imprenta y yo, descontentos y frustrados, pero incapaces de llegar a ningún otro acuerdo. Ni ellos pueden obligarme a mí a recoger las tarjetas ni yo puedo, efectivamente, contrariar su argumento. La cuestión entonces es: ¿quién encargó anteayer las tarjetas? Esa pregunta, esa sospecha, ese análisis continuo de hipótesis ha ocupado, tomado mi cabeza convirtiéndome en un extraño, enervando mi energía y mi pensamiento. ¿Quién y por qué? ¿Y para qué? ¿Con qué finalidad? ¿Con qué sentido? Una broma de mal gusto, tal vez… El caso es que no se me ha ido de la cabeza, toda la tarde ahí, dándole vueltas, quién y por qué, y mi mujer volviéndome a decir lo mismo, que le doy demasiada importancia a todo, que estoy siempre igual, dándole a todo vueltas y desgastándome por dentro y por fuera: envejeciendo antes de tiempo. La convivencia. La difícil convivencia. Ella no me entiende a mí, yo no la entiendo a ella. Ni contigo ni sin ti. La eterna historia. Pero también eso, según ella, es darle vueltas inútiles a las cosas. Todo en el fondo es así, un continuo, permanente girar y analizar y sospechar, en mi cabeza. Mientras ella, mi mujer, intenta parar su mente, desconectar, yo en cambio me empeño en lo contrario, en no dejar ni un solo instante de darle a todo vueltas. Los dos en planetas distintos. Pero no es ese ahora el caso. Lo que ahora me preocupa, lo que me obsesiona en este instante es quién y por qué encargó anteayer las tarjetas. No me lo puedo quitar de la cabeza. Sé que ésta será, como casi todas, una noche de insomnio a fuerza de pensar en ello y de enredarme en descabelladas hipótesis. Lo sé, pero no logro quitármelo de la cabeza. Alguien tiene mis datos, de algún modo los ha conseguido, me ha jugado una broma pesada y no logro quitármelo de la cabeza… Será, tengo la sensación, una noche intranquila.

One Response to “Las tarjetas”

  1. Club Leteo » Blog Archive » Parnaso en llamas Says:

    […] El próximo sábado, 7 de octubre, Vicente Muñoz Álvarez presentará su nuevo poemario en León (CCAN, 21.30 hs, entrada libre). […]

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