Lo inevitable

“[…] presenta débiles síntomas de desorden en sus procesos mentales. Tiene escasa capacidad para ordenar su pensamiento, no parece en condiciones de organizarlo o sintetizarlo, perdiéndose en detalles y algunos de sus razonamientos reflejan un contenido «mágico», un desprecio de la realidad…”
A sangre fría, Truman Capote.

El día que se entrevistó por vez primera con Perry Smith y con Dick Hickock -los asesinos de la familia Clutter-, el estrafalario periodista enviado a Kansas por The New Yorker se alojó en el mejor hotel de Garden City, en una habitación grande, adornada con lo que consideró el “esmerado mal gusto propio del lugar”. Sobresaltado en mitad de la noche, se levantó y, lamentando no tener a mano nada que beber, tomó su cuaderno de notas y escribió, a continuación de las impresiones que había sacado de las entrevistas:

“Estaba en un local nocturno llamado The yellow bird, sentado a una mesa redonda, fumando y bebiendo, solo. Era un local del montón, uno de tantos de la América “profunda”, con camareras en minifalda y clientes con camisa de cuadros. Me sentía fuera de lugar; objeto, probablemente, de las miradas y los murmullos de la gente -no mucha- que me rodeaba. No sabía qué hacía allí y estaba a punto de largarme cuando apareció el presentador en la tarima de las actuaciones para anunciar el próximo espectáculo. Después de pronunciar los clásicos elogios, dijo: «Con todos ustedes, por primera vez en Las Vegas, Perry O’Parsons, ¡un fuerte aplauso!» Me hundí en mi silla cuando vi aparecer a Perry con su traje claro y sus botas relucientes, con su pañuelo y su inmaculado sombrero de cowboy, con su guitarra y su tez morena de mestizo guapo. No recuerdo si lo hizo bien o mal; si hubo abucheos o aplausos. Sé que cuando acabó busqué los camerinos. No fue difícil. Ser del New Yorker abre algunas puertas, seguramente también las del infierno. Perry fumaba satisfecho ante el espejo de luces, a la vez que contaba un fajo de billetes. Muy amable, me hizo pasar y se levantó para tenderme la mano. Le cubría el rostro una delgada capa de sudor, que le hacía parecer más apuesto y viril. Dijo, después de invitarme a tomar algo:
– Lamento defraudarle, pero yo no soy como usted.
Quise aclarar las cosas, y supongo que me ruboricé.
– Pero no se preocupe, amigo -continuó-. Dick, mi socio, estará encantado de complacerle.
Vi entonces a aquel sujeto, demacrado y sucio, igual que en la prisión. Estaba recostado en un sofá, sonriendo con repugnante lujuria. Vi que se levantó y cómo se bajaba la cremallera del pantalón mientras caminaba hacia mí. Ahora Perry me sujetaba. Su abrazo era fuerte como el de una boa constrictor. Dick, el inmundo, el arrogante Dick, me bajó los pantalones y, entre las risotadas de ambos… sucedió lo que tenía que suceder.”

El periodista se acostó de nuevo y durmió el resto de la noche hasta bien entrada la mañana. Al despertar, recordó un segundo sueño: Perry, colgado de la horca, con el cuello partido y los pies oscilando, le decía: “Será una gran novela, seguro. Lástima que no pueda leerla.” No muy lejos, sobre una camilla y cubierto por una manta, Dick se incorporó al oír aquellas palabras. También tenía el cuello partido y la cabeza dislocada, pero acertó a soltar algunas carcajadas.
Después de darse una ducha y afeitarse, el periodista tomó el cuaderno de notas. Buscó la hoja en la que había escrito: Sueña, el infeliz, con ser cantante. Dice que adoptaría el apellido O’Parsons. Sueña, también, con fugarse de la prisión. Afirma que tiene “un plan”. Es todo lo que le queda por hacer al pobre diablo: soñar. Luego, arrancó del cuaderno la hoja en la que había garabateado su sueño y la redujo a pequeños pedazos. No había recorrido medio país para enamorarse de un pobre diablo, sino para escribir su mejor novela. “Aunque lo uno -pensó mientras recogía los trocitos- sea tan inevitable como lo otro.”

Al Capitán Achab

En plena capotemanía, no se encuentra «A sangre fría»

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