Los pormenores

Et bien… voilà. Inician la sección central de nuestra revista dos textos breves del poeta Tomás Sánchez Santiago (Ammodramus maritimus).

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Fotografía de Juan Villoria

ENTONCES ERA ENTONCES

Era tal la cantidad de transparencia que las cosas tenían en aquellos tiempos que a todo lo invadía la confusión y la debilidad. Rodaban los sentidos, tomados por un fulgor excesivo que acababa rindiéndolos y los enviaba a la desorientación. Venían así hacia nosotros las mordeduras de las impertinencias.

Eran los años de la casa familiar. La casa: Rumores siempre de sumandos. El oscuro murmullo de los decimales en los precios. Sumar y seguir. Coser y contar. Olores comerciales. Abrir y cerrar todo. Las trapas y las puertas. La música de los tirafondos en los cajones y la sabiduría de los envoltorios para poner a dormir un poco más las cosas sin arañarlas. Los años de la casa, tensa como una fruta recién metida en la boca que sólo se apaciguaba si caía la cáscara sobre los contratos de los sueños. Olores honrados y hoscos. A pez. A cuero quieto. La casa, la casa: escalones forrados de hules flatulentos que pisábamos fuerte, con la gula de quien supone que algún día en vez de aire muerto se levantará la melodía de una redención.

Y nos untábamos las manos con aceite para que no parasen en ellas las cosas demasiado. Todo eran transacciones, todo deslizamientos. Entonces era entonces.
Y luego salimos de la casa en busca de lo propio.

LOS DOS ABUELOS Y EL VERANO

Uno y otro. Primero fue uno y luego el otro. Los dos seguidos, como obedeciendo una norma negra que atacara sólo en verano (y yo creí que ya era una ley para siempre: verano, estación de la muerte).

UNO empezó a morirse sentado en una iglesia, entre vapores durmientes que dejan pesadumbre en la mirada. Tenía los ojos ya cerrados cuando fui a avisarle y abrió la boca como para musitar. Creí que eran las últimas plumas de alguna oración atravesada pero lo que entonaba –luego supe- y sonaba a hueso suelto era el mugido extremo, bárbaro y sin orden de la despedida del mundo.

Poco después vi aquella misma boca tras el cristal de una tapadera. No, no la vi. La sellaba un emplasto de algodón que alguien le habría colocado a última hora para no verla invertebrada y con las encías ruinosas. Me alzaron hasta el borde y lo vi así, como un amordazado. Hasta en nuestros muertos se busca la economía, pude pensar. Pero eso no lo sé. Lo digo ahora.

OTRO dejó de levantarse un día en aquella habitación sacada de la nada, entrampada al lado del comedor familiar. Nos echaron aquel día de allí a los niños para que no nos rozara siquiera la espuma de la muerte. Pero él estaba allí, nosotros lo sabíamos mientras seguíamos comiendo en la mesa. Algo se amortizaba tras aquella puerta, en aquella cama de relincho largo –bien lo sabíamos quienes habíamos dormido en ella- a poco que uno rebullera.

Se entraba y se salía del cuarto frecuentemente, cada vez más frecuentemente. Y se empezó a hablar bajo, cada vez más bajo. De pronto oí el restrallete de unos esparadrapos arrancados violentamente y tuve la certeza de que se actuaba sin cautela porque el cuerpo ya no la merecía; y sonaron palanganas escondidas en la cocina Entonces alguien dijo aquello: “adecentar el cadáver”. Supe que hasta los cadáveres pudieran ser indecentes (una forma, en resumen, de ponerlos a favor del ánimo).

Económicos y decentes. Así despedí a mis muertos primeros de la niñez.
Julio de mil novecientos sesenta y seis. Agosto de mil novecientos sesenta y siete.

Tomás Sánchez Santiago

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