Los sueños de Gaspar

Nueva colaboración del escritor y director de la Revista Camparredonda. Ilustra, Raquel González Roldán.

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«El tiempo»

Los sueños de Gaspar
por Gregorio Fernández Castañón (Rhodospingus Cruentus)

UNO

Para ensalivar sus sueños de grandeza, sólo había, para él, un sabor verdadero: el del chocolate. Su único objetivo era vivir en libertad y con un tirachinas en sus manos se sentía el mejor guerrero del mundo: allí donde ponía su ojo, llegaba la mortífera caricia de la piedra y…, ¡zas!, lagartija panza arriba, pajarillo que dejó de piar y… ¡premio!:
—Cho-co-la-te con sol, para merendar.

DOS

Cuando se encontraba con cualquier amigo, le bastaban dos canicas para conquistar el espacio que desembocaba, irremediablemente, en el abismo del gua. Y como la diversión estaba, entonces, a ras del suelo, se permitía el lujo de amasar el polvo con las rodillas, con los codos, con las manos y con los dedos. Al instante, con tan sólo colgar sus zapatillas sucias en su cuello de erizo, era capaz de cambiar con rapidez la fisonomía de su cara y reencarnarse en un perfecto y desconocido pensador.

TRES

“Padre, Hijo y…”
A veces, cansado de llevar a sus espaldas el peso del barro, se sentaba a pensar. “Padre, Hijo y…” El pequeño Gaspar no lograba entender por qué a una paloma se le habría de llamar ‘Espíritu Santo’. Y, además, en su mente de niño, no podía comprender por qué en aquella familia, que con tanta frecuencia nombraba D. Emeterio —el cura—, no existía una madre como en cualquier otra. Tampoco entendía el motivo por el cual siendo, como eran, tres personas distintas, lograban, de repente, convertirse en un único Dios.
—Padre, hijo y… paloma. En todo caso —digo yo—, serán dos personas y un animal que vuela.

CUATRO

Cuatro eran los palos de la baraja española con los que Gaspar, por la noche, a la luz de la hoguera, jugaba a la brisca con su abuela materna: los oros —“güevos fritos”—, las copas —“pi-mentón”—, las espadas —“cuchillos”— y los bastos —“ante la amenaza de cualquier garrote… pies, ¿ qué os quiero?”.

CINCO

Para la media docena le faltaba un huevo y sabía que estaba en lo cierto porque había aprendido a sumar y a restar con los dedos: uno, dos, tres, cuatro, cinco… A cinco metros del suelo, subido en cualquier árbol, se convertía en corteza y en ramas. Y, al amparo de las hojas, lograba un milagro más: agudizar sus sentidos para localizar de inmediato el nido escondido. Después, simplemente se convertía en un inocente ladrón de huevos.

SEIS

En el reloj de bolsillo de su abuelo, las seis las marcaba una única lanza de dos filos: arriba, señalando el cielo, habitaban los sueños de los doce apóstoles; abajo, el infierno era el hogar donde los seis demonios malditos se achicharraban permanentemente en el fuego.
A las seis de la tarde Gaspar debía volver a desandar sus pasos, ya que los deberes de la escuela le esperaban.
—Jo… ¡Qué rollo!

SIETE

“Desear ser más alto que la luna es pecado. Y pecado es querer ser de la pandilla de ‘Alí Babá’. Tocarse ahí abajo y jugar a los médicos o a los novios con Elvira o con Sara pecado es. Enfadarse o discutir con los mayores es pecado. Y, según me dicen, también lo es comer con ansiedad la torta de la abuela, las rosquillas de mamá, el mazapán de la tía o los caramelos de mi hermano. Querer tener una bicicleta como la de Carlos es pecado, y también lo es ir con desgana a la escuela o poner disculpas a la hora de lavarme la cara. ¡Jo! Demasiados pecados son los siete pecados de la capital. ¡Menos mal que yo vivo en un pueblo!”

OCHO

—Por grandioso mentiroso, Pinoocho es dueño de una nariz muy, pero que muy, muy larga; mas no tiene pilila. El morro de un goocho es un sucio tubo insaciable de comida y de… gruñidos (“grr…, grr…, grr…”). El rabo de un galgo está moocho, pero, como me dice el abuelito, ¿a que no sabes a cuál de los dos me refiero? (“ja, ja, ja, ja…”). Y…, con esto y un bizcoocho, hasta mañana a las ocho.
—¿Ves? El bizcocho que meto en la taza chupa la leche y chupa mi sangre como me descuide —le contestó la abuela para seguirle el juego.

NUEVE

—9 x 1 es 9
(“Cuanto tenga nueve años seguiré siendo un niño, como ahora.”)
—9 x 2 = 18
(“Cuando tenga dieciocho años seré mayor, como papá.”)
—9 x 3 = 27
(“A los veintisiete años, tendré mujer e hijos y seguiré viviendo en este pequeño pueblo, como siempre.”)
—9 x 4 = 36
(“A los treinta y seis años… A los treinta y seis… ¡Uf, qué lejos los veo! Aunque…, ya, ya lo sé: a los treinta y seis años seré viejo, como el abuelo.”)

DIEZ

—Gaspar —le dijo su madre—: a las diez en la cama estés y si es antes mejor que después.
—Vale, mami —y mientras se ponía el pijama—: En el nombre del Padre, del Hijo y… de la Paloma. Amén.
—¿Cómo dices? —le preguntó su madre.
—No te preocupes, mami. Son cosas mías. «Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto que te doy mi corazón. Tómalo, tómalo, tuyo es y mío no.” ¡Hasta mañana, mami!
—Hasta mañana, mi amor.
(“Cuando tenga nueve años, seguiré siendo un niño, como ahora. Y seguiré jugando con el aro, con el tirachinas, con las canicas y con la bicicleta. Y seguiré atando latas al rabo de los perros, robando los huevos de los nidos, besando a escondidas a Sarita y a Elvira. Hmm… Cuando tenga dieciocho años, seré mayor, como papá. A los veintisiete años, tendré mujer e hijos y seguiré viviendo en este pequeño pueblo, como siempre. A los treinta y seis años, seré viejo como el abuelo… Viejo, viejo… Y, como él, iré a pescar al río. Y fumaré en pipa. Y…)

ONCE

Para las once y cinco de la noche faltaba un minuto. Tras el ruido ensordecedor y mortal de aquella bomba maldita, la primera que escupió un avión de la guerra en aquel poblado inocente, hizo su aparición una nube de polvo y de humo. Después, el silencio más atroz se hizo con la rienda de los sueños, cuyo único pecado consistía en vislumbrar el futuro a la luz y al amparo de la luna.

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