Mnemosyne

Prosigue la sección temática de nuestra revista de la mano de Constantino Rivero (Junco vulcani), narrador en posesión de la contraseña secreta que Orfeo sólo concede a ciertos espíritus y que permite alcanzar la fuente de la memoria. Suyas, también, las ilustraciones.

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«Arte sano»
Mnemosyne
por Constantino Rivero

Utopía vive en el tercero derecha —a la izquierda no hay puerta—, es hija de Diana Calambur.
Diana Calambur cuando tenía dieciocho años estaba en París. No se sabe muy bien qué hacía allí. Corren rumores.
París, cuando Diana Calambur estaba allí, se vio convulsionada por tumultos y turbamultas —dice—. También por la policía. Era 1968, el mes de mayo. A los tumultos algunos chicos llevaban corbata —negra—, las chicas faldas amplias. Diana Calambur contó que la suya era amarilla con flores rojas y moradas y que algunos se besaban, que los adoquines volaban, que debajo había una playa.
Utopía es mi amiga. Diana Calam-bur también, aunque sea su madre; tiene más de treinta años y dice que llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones.
Por la escalera que lleva al tercero siempre hay desparramados colchones, almohadas y cubos de cinc —vacíos— que hay que sortear si se quiere subir, o bajar. Algunos viernes también se pueden encontrar montones de libros sobre los que descansar y revistas atrasadas que aún se pueden leer aunque estén recortadas. Y una jaula sin pájaros llena de cintas de raso y ovillos de lana.
Ciclón se llama el gato que tienen, asomado todo el día a la ventana, entre el perejil y el geranio; es de porcelana, de china, y cuando no está silbando a las chicas mira para adentro, pidiendo algo. Se lo trajo un amigo portugués, negro con un gallo, pero el gallo no se hacía a esto y se fueron, Utopía dice que mar adentro. Lo cierto es que el negro no estaba bien, así que tal vez.
Otro año vinieron a visitarlas dos gemelas, la Enana y la Negra; la Enana no era enana, era negra y se llamaba Aline Alone y la Negra no era negra, era escritora y se llamaba Amapola, tenía una hija que se llamaba Hierba pero no vino, se había quedado con su abuela para ir al campo a buscar moras. A Aline Alone le encantaba ser la madre de Hierba mientras Amapola escribía sus cuentos con geniecillos y bosques; primero se los contaba a Hierba y, si le gustaban, luego los escribía para que se los pudieran contar otras madres a sus hijos. Aline Alone hacía dibujos —para los libros— con lápices de colores y a Utopía y a mí nos pintaba la cara.
Utopía no tiene un padre. Diana Calambur no sabía ser madre cuando tenía veintidós años, nadie le había enseñado; sus propios padres le decían que no hacia falta aprender, pero ella no se fiaba; su abuela, a la que también preguntó, le vino a decir —toda enfadada— que a ella nadie le había enseñado, que había tenido diecinueve hijos y que ¡de alguno sería madre ¿no?! Total, que Diana Calambur decidió no ser madre, lo cual no evitó que durante unas vacaciones en Mallorca, en un pueblo de montaña pero con mar, en 1974, conociera a un medio inglés que era marinero, hijo de un poeta que contaba unos cuentos que duraban noches enteras a la luz de la luna. Utopía es el fruto de una de esas noches de amistad tan intensa y tan larga que Diana Calambur pasó con Arcadio —así se llamaba el marinero—, escuchando los relatos que desde el jardín entraban por la ventana y se quedaban revoloteando como humo por el cuarto mientras ellos se acariciaban.

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«Exilio»

Cuando se acabaron las vacaciones Diana Calambur se dio cuenta de que, cuando ya hubiera cumplido veinticinco años, iba a tener un hijo y, sin saber muy bien por qué, le entró una gran alegría y estaba todo el día contenta. Se olvidó de su antiguo propósito de no ser madre y, con las mismas, empezó a hacer planes para conseguir serlo; pensó que estaría bien dejar jugar a su hijo todo lo que quisiera y que, cuando estuviera cansado de jugar, le contaría cada día un cuento que se inventaría ella misma; le dejaría hablar con los adultos y tocar a los animales, cantarían juntos de paseo por el campo y en el verano, cuando hiciera calor, estarían en el agua todo el tiempo que quisieran. No pensó en darle dulces porque a ella no le hacen mucha gracia y no se acordó. Ni helados.
Pensó que estaría bien decírselo a Arcadio, le haría ilusión y le dejaría que le pusiera el nombre.
A todo esto, Diana Calambur se puso muy gorda y se le pasó el tiempo muy rápido. Ya era primavera cuando nació su hijo, bueno, hija. Mirándola y acordándose del verano escribió una carta a Arcadio; se la mandó a casa del poeta, para que se la entregaran.
Le contestaron los dos —el poeta y el marinero— y, además, firmaron en la carta más amigos que había conocido en las vacaciones, con cariño.
Robert, el poeta, le decía que recordara siempre que la niña era hija de dos lunas —la de verdad y la del mar, que es distinta— y de un relato interminable que durará el tiempo del mundo; Arcadio le trasmitía su alegría y le decía que quería que le pusiera de nombre Utopía, que en un lenguaje antiguo significa “que todas las cosas sean comunes, como entre amigos” y en otro, más moderno, “ser de ningún sitio”, de nadie —añadía—; porque los nombres son las definiciones de las personas y esos eran dos buenos deseos para cualquiera.
A Diana Calambur le gustó mucho y se lo puso.
Arcadio se había cambiado su nombre para llamarse Arcadio; debía ser un chico muy guapo entonces, con la piel tostada por el sol y el pelo, rubio y muy largo, atado en una coleta. Utopía tiene en la pared pegada una fotografía de él, a la que ha rodeado con un sol muy brillante, con muchos rayos, y ha escrito debajo “Papa-Sol”. Dice que ha leído en un libro que los nombres a los nacidos se los impone el Metafísico, Hoh, el sol en persona. Diana Calambur no tiene ninguna foto de él.
Arcadio murió un día. Murió a bordo de un gran barco que había construido y en el cual había planeado pasar el resto de su vida. Lo consiguió, dice Diana Calambur.
Se fueron las dos a despedirle —a Mallorca, donde lo llevaron— y hubo una fiesta para tirar las cenizas al mar; Robert le dio a Utopía un reloj de bolsillo y una navaja de afeitar —oxidada—, una aguamarina y un trozo de jade y, también, un libro sin escribir; eran de Arcadio —le dijo—. A las dos semanas de volver recibieron un paquete con una campana del barco, que se llamaba “Pyros Opus”. Qué guasón, dijo Diana Calambur.
Antes de eso, Arcadio le enviaba a Utopía conchas preciosas desde todos los sitios en que atracaba con su barco, y colgantes.
La casa de Utopía y Diana Calambur no tiene puertas pero en cada cuarto —y hay muchos— hay un mapa grande colgado de la pared, de continentes, de países y, algunos, de ciudades; a mí los que más me gustan son los de mares, con esos colores azules y verdes. Unos son de verdad y otros no; en invierno, no sé por qué, nos reunimos los tres en su casa —y otros más que vienen— y hacemos mapas con trozos de telas de muchos colores, mapas de sitios que no conocemos, que nos inventamos. Luego cuando están colgados, los miramos y nos acordamos de todas las historias y cuentos que se contaban mientras los hacíamos, como el de los lamentos que salían de un lago que contó Verde cuando iba yo por lo amarillo de Australia o el de las nubes, que nos retratan a todos, que contó Lurdesarri cuando estábamos haciendo el fuego del volcán o el del ocaso verde —¡qué romántico!—; éste lo contó la Rana cuando estábamos todos —cada uno por un lado— con la cenefa de fuera del mapamundi al revés y decía que lo había visto —el chispazo verde— y que por eso todo el mundo se enamoraba de ella.
En uno de los que hicimos, cuando estaba terminado y lo extendimos en el suelo, colocamos las conchas en los lugares desde donde Arcadio se las había enviado a Utopía y, dibujando así su ruta, nos dimos cuenta de que estaba regresando, fue cuando se murió. A Utopía se le escaparon unas lágrimas pero estaba contenta y sonreía.
Un día fuimos a ver una exposición que hacía un amigo de Diana Calambur que es artista pero no pinta, tapa los agujeros de los ladrillos con algodones de colores, cose láminas de plomo con hilos de cristal, tacha hojas de libros y hace libros con hojas de árboles de verdad. Se llama Ana y es japonés. Al marcharnos Diana Calambur dijo que echaba de menos un jardín.
A Diana Calambur le gusta cocinar cosas que inventa ella, mezclando lo que nunca antes ha mezclado nadie; en la cocina hay muchos cacharros, unos negros y otros muy brillantes, algunos habían sido antes de su abuela; los de su madre —decía— se habían quedado desparramados por el mundo, en las casas de los amigos que hacían en cada sitio: Toulouse, Amecameca, Etten-Leur, París.
Van —a veces les acompaño yo— los miércoles al mercado y compran frutas y verduras combinando los colores —¡ahora rojo, ahora azul!— y nos reímos; Diana Calambur me ha enseñado —y a Utopía, claro— a tocarlas —acariciándolas— y olerlas para pasárselo bien comprando, asegurarse de que están en su punto y que, después, crujen al cortarlas. Me ha enseñado también a comprar pescado, en la plaza cubierta, a un moro rubio —muy alto— que nos hace reír.
Utopía y yo hemos decidido no mirarnos nunca más al espejo, nos diremos nosotros mismos —mirándonos uno a otro— si estamos guapos o no.

*

Todo eso es lo que he soñado y que casi se me olvida.
Yo me llamo Kowaski y vivo en un primero, pero no es mi verdadero nombre —así es como me llaman los que me quieren—. A mí me gustaría que Hoh —el Metafísico— me hubiera puesto Esperanza, o Uno.

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«Miedos»

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