Pompas lúgubres

Los entierros y sus vísperas ya no son lo que eran. Se me dirá que tampoco las bodas, donde el diseño ha sustituido a la liturgia y ya no se ven novias embarazadas, ni esos novios tísicos y apocados que las abandonaban en el altar. A lo sumo, en los pueblos, todavía quedan pensionistas que llevan el ataúd al hombro, pues lo que es en la ciudad lo queman con el muerto dentro, e incluso los hay que guardan las cenizas en una urna de porcelana.

El desconcierto se expande melodiosamente en el hall de los tanatorios: allí, hasta el réquiem de Mozart suena a música de ascensor. Los cortejos son más pálidos que fúnebres y asusta ver tanta corona, coronas ubérrimas y heráldicas, como si en lugar de un sepelio honroso se celebrase un certamen floral. Hasta los deudos, pertrechados con gafas de Armani, parecen reporteros de un canal de televisión.

Los entierros, en cualquier caso, han perdido su prestigio vernáculo y, entre otras cosas, la gente, aligeradas las misas, ya no ronca en los reclinatorios. Aquellos curas de antes, de semblante aristotélico, tienen ahora flequillo de catequista y utilizan idéntico responso para todos sus clientes: lo mismo da un culé metodista, que un hincha cartujo del Real Madrid.

Esos funerales de antaño tenían un soplo inhóspito y empezaban, parsimoniosamente, muy de mañana. Había quien viajaba toda la noche, muchas veces a lomos de un pollino apestoso. Llegaban al amanecer, estiraban las piernas y daban la paja al rucio. Como mucho, lo metían en la cuadra, pero no se les veía nerviosos, vigilando el coche en doble fila, profiriendo gritos a la pantalla del móvil. Se acercaban al fiambre con soltura y, llegado el momento, repartían inmensos abrazos, palmadas estremecedoras , pero nunca esas condolencias que, vistas desde la caja, parecen piruetas de un minué.

Algunos familiares, en los entierros de antes, hacían gala de cierta exaltación y se agarraban unas curdas de padre y señor mío. Eran familiares un poco remotos, primos terceros a lo sumo, pero conferían al acto una efusión terrenal. A menudo, cuando las viudas se retiraban desconsoladas, ellos permanecían allí, honrando al muerto, engullendo galletas que nadie comía. A veces, si no les asaltaba la tos, evocaban con sus versos la figura del ausente.

Sin embargo, qué lúgubres y aguachentos son los funerales de ahora. Todo se oculta, se incinera, se mitiga con balsámico pesar. Las empresas participan codiciosas y, a poco que te descuidas, te roban el cadáver, lo maquean, lo convierten en un objeto de consumo. Puestos a confesar verdades, ya ni siquiera se cavan las fosas con un par de riñones. Llegará el día en que esto reviente y lo metan a uno en un computador: virtual, digitalizado, convertido en una especie de tarjeta gráfica. Luego te asignarán un chip y entrarás en el cielo con cara de momia. Parecerá entonces que la muerte ya no es de este mundo y que resulte de mal gusto nombrarla: como a los botijos, el lacón con grelos o las calaveras.

Si me apuran, llegará el día en que los muertos, mal que les pese, no acudirán ni a su propio funeral.

Achab

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