RB01 – Yo, el monstruo de Alberto Rodríguez Torices

RB01 - Yo, el monstruo Yo, el monstruo de Alberto Rodríguez Torices
Colección de Narrativa Relojero de Banaguás, número 1 (agotado)
DL: LE-1488-2002
Año: 2002
88 páginas

(El autor)

RB01 - Alberto Rodríguez Torices

Alberto Rodríguez Torices nació en Guernica (Vizcaya) en 1972 y ha realizado los estudios de Trabajo Social y Psicología. Formó parte del consejo editor de la Revista Otras Voces. Artículos y relatos suyos han aparecido en diferentes revistas (Camparredonda, Entre Líneas, Negro Mate, Lúnula…) así como en prensa (Diario de León).
Ha recibido los premios de relatos “Ciudad de Peñíscola” (2001) y “Ateneo Cultural El Albéitar” (2000), así como el “Tierras de León”, de novela corta (2004).
Además de la selección de relatos cortos Yo, el monstruo (Ediciones Leteo, 2002) ha publicado la novela corta Piel todavía muy blanca (Instituto Leonés de Cultura, 2005).

(El libro)

Alberto R. Torices, sin ser poeta, tensa su lenguaje en nervios próximos a la poesía. A lo largo de los diez relatos que componen el libro, el autor abre un abanico de escenarios donde la imaginería es el engranaje de la compleja maquinaria de una narrativa que, una vez puesta en marcha, nos acerca más a nosotros mismos, nos permite comprendernos mejor, porque las miserias cotidianas esconden perlas ignoradas, y de ahí el afán de seguir adelante, de superar y de no permitir que ninguna tirita humorística alivie el dolor. El dolor es el patrimonio que nos legan las andanzas y evitarlo es negarnos a nosotros mismos. Escribir sobre ello dignifica todas y cada una de las batallas, de las perdidas y de las ganadas.
Este es sin duda un testimonio de vida, y por tanto supone un viaje en cuya travesía, entre los claros del camino, se entrevé un monstruo, y también un lugar donde se van acumulando, una a una, heridas de cicatrices pronunciadas, para que cuando nos miremos al espejo no sólo reconozcamos a un zurdo con un pasado semejante a nuestra vida.

(Fragmento)

No volvió a mirarme cuando se alzó, después de haberse dejado aplastar, imponer, de arrasar el deseo con que la busqué y hacer que el suyo estallara contra mi pecho. Aun así, pude ver en sus ojos el frío, cierta oscuridad… sólida. La tristeza, puede ser, de quien abandona no vencido, sino hastiado. O tal vez fuera sólo mi tristeza, la que tomó mi cuerpo cuando ella lo desocupó. No lo sé, pero mientras se abotonaba la blusa, mientras reajustaba su falda, parecía estar deshaciendo el trayecto de un callejón sin salida. El mismo de siempre, sí, pero con la rabia aumentada, la decepción más amarga, más confusa. Con una furia que avanzaba helándole el rostro. Recuerdo que yo la miraba todavía quieto —pura ceniza— y ahora imagino el dolor de los cascotes en su espalda, moratones quizá, rasguños en los codos. Sus codos de adolescente siempre sucios. Y siempre heridos.

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