Regresando a Desolación

I

La ciudad que me vio nacer tiene nombre de mujer: Desolación. Pronto llegaré a casa. Hace tanto que estoy volviendo que he olvidado cuando o donde me di la vuelta para regresar. Quizás volvía ya antes de irme, quizás nunca me fui. La verdad —y tú mejor que nadie lo sabes— Desolación  siempre ha ido conmigo.

Hace seis días, en mi largo camino de regreso, me encontré a El·loco. No sé como lo reconocí, quizás un aire, algo en su postura: ese gesto ambiguo con el que sujetaba la bolsa al pie del camino. Frené. Abrió la puerta, se sentó, me saludó con una seca inclinación de la cabeza. No había sorpresa en este encuentro antes del final. Lo vi viejo, tan viejo como yo. No hablamos mucho. No hablamos nada. Tampoco hay mucho que decir; por fin regresamos, volvemos a casa.

II

Me contaron que antes de nacer yo, antes de la Guerra, Desolación tenía otro nombre. Luego la Guerra, los bloqueos y la ampliación de las carreteras secundarias hicieron el resto. Nosotros la conocimos en ruinas, una sombra mellada y polvorienta de la que fue. Entonces todos queríamos irnos. Pensábamos que podríamos escapar de la descomposición que nos rodeaba. Cómo cambia todo sin cambiar. Cincuenta años. Medio siglo me separa del niño que creció en el orfanato que nos dio techo y puerta abierta a las calles de los suburbios. Me llamaban “El Mago” ¿recuerdas? Tenía los dedos más rápidos de la ciudad, y gracias a ellos nunca llegamos a pasar hambre de verdad.

El primero en irse fue El·loco. Su visión —su obsesión como decías tú para provocarle— era más fuerte en él que en ningún otro. Nunca habló mucho, unos pocos y cuarteados monosílabos que caían de sus labios como cargas de profundidad en medio de sus silencios.  Y se fue sin avisar. Seguramente más lejos de lo que ninguno ha llegado. Pero todos nos fuimos, tú antes que yo, en esta diáspora nuestra intermitente y desorganizada.

III

Mi ciudad, se tiende abandonada sobre la Encrucijada. Norte, Sur, Este y Oeste: cuatro caminos llegan por donde cuatro caminos se van.  Ahora no es más que una tarántula muerta y disecada sobre las arterias seccionadas de sus caminos. Volvemos a casa y sé que regresas, desde alguna parte, con nosotros. Sospecho que El·loco siempre supo que terminaríamos así y sospecho que nosotros también lo sabíamos, pero hemos necesitado el periplo titánico de nuestras vidas para acabar aceptándolo y regresar mansamente a Desolación. El·loco, sin  embargo, lo sabía. Esa presión silenciosa y feroz que surgía de él en todas direcciones no  era más que su convicción, demasiado potente para ser expresada en palabras.  Los demás huimos de Desolación,  él salió a perseguirla.

IV

Todos regresaremos antes del final. En esta cronología que se nos escapa, la suerte estaba echada mucho antes de que apareciéramos en escena. Volvamos, muramos en Desolación. Quizás así, El·loco lo sabía ya entonces, quizás así escapemos por fin.

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