T

“Ya sé que no le descubro nada señor T, pero escuche; Si continua con esos hábitos, en fin, pronto le encontrará su esposa en el salón, ahogado en sus propios vómitos. Eso en el mejor de los casos, y cómo verá, no es el mejor de los casos posibles.”

El señor T escuchó con atención. Echó de menos poder encender un cigarro, pensándolo bien no había forma mejor de aclararse los pensamientos que encendiendo uno. Las normas del hospital eran una basura. Recuerda que de joven se fumaba un cigarro a medias con el doctor mientras charlaban relajadamente. Ahora era imposible. Miró con ojos acuosos al médico, no era la primera vez que lo intentaba. Palpó el bolsillo de su camisa y dio con el paquete blando. Esperó a que el doctor replicase. Sin embargo, por primera vez en tantos años, el doctor tan sólo asintió.

Cuando salió de la consulta se topó con una nueva enfermera. Era una preciosidad. Posiblemente nunca había visto algo semejante. Tras muchas estancias en el hospital, por diversos problemillas, ya había olvidado la fantasía de la enfermera joven. Por unos instantes recordó aquella historieta que solía leer a hurtadillas.

El mejor regalo que le habían hecho en toda su vida fue (sin duda) un libro erótico. Apenas era un crío cuando su hermano mayor le regaló “el libro de las bajas /o bajísimas/ pasiones”. Una recopilación bastarda de los mejores y más explícitos relatos pornográficos.
De todos, su preferido era el de “La enfermera cachonda”

Un herido de guerra guarda cama en un hospital militar. El enfermo se ha quedado ciego en el fragor de la batalla. Los demás miembros están en perfecto estado (como se comprueba en líneas posteriores) pero la vista, la ha perdido por completo.
Su enfermera de noche se convierte en su guía. Al principio le susurra cómo ha oscurecido, cual es la vista que hay desde la ventana, qué color tiene la sopa (nunca entendió la desmesurada extensión del relato) poco a poco pasa a ser más precisa, habla de su altura, del color de su pelo, del tamaño de sus pechos…

No era el mejor relato del mundo, pero al ver a la enfermera, el señor T deseó de veras ser ciego.

Al salir del hospital llamó a casa. Comunicaba. Imaginó a su mujer bebida, vestida con un traje de flores, excitada, con los labios pintados, dando vueltas por el salón.
Retuvo esa imagen hasta bien entrada la mañana. Paseó por la ciudad con aire distraído. Tan sólo centrándose en los bonitos cuerpos de las jóvenes holandesas.

Holanda –se dijo- no sólo es un campo de girasoles. No sólo es una bicicleta entre casitas de barro y madera. No sólo es un narguile cargado de hachís.

El señor T llegó a la hora de comer a su domicilio. Sonrió ante la fachada del destartalado edificio. Arrugó la frente y cerró los ojos. Palpó la barandilla y subió las estúpidas escaleras tal que así, en la más absoluta de las penumbras imaginables.

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