Teoría personal del Big Crunch

Nueva contribución a la Mecánica del Universo y, más concretamente, a los detractores de la tesis según la cual nos expandimos a velocidad constante. También en la sección dedicada a «La infancia» de nuestra revista.
Texto a cargo del autor de esto. Ilustración de Manuel Sierra.

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«Autorretrato reciente»

Teoría personal del Big Crunch
por Alberto R. Torices (Ictinia mississippiensis)

“El universo, por lo que a mí respecta, puede cesar de expandirse
y concentrarse en un papelito con forma de pelota.”

Hombre concienzudo y voluntarioso, de talante pacífico mientras no le atosigaran, Sergei Etterbeck —ex combatiente, ex barrenista, ex predicador… El último loco que se incorporó a las filas del Oblivion’s Club— detestaba dos cosas por encima de todo: la miel y los versos. Séptimo y último hijo de un apicultor belga y una poetisa rusa, Etterbeck fue criado en las estribaciones del Monte Negolu, en pleno corazón de los Balcanes, lugar donde se conocieron sus padres y donde creyeron encontrar el lugar propicio a sus respectivas inclinaciones: las abejas y las rimas.
Como era de esperar, Sergei hubo de debatirse durante toda su infancia entre las fuerzas opuestas que, sobre su impresionable carácter, ejercieron sus progenitores. Así, mientras su padre se empeñaba en llevarlo consigo a los bosques para que aprendiera a construir colmenas y panales, a recolectar la miel y crear nuevos enjambres, su madre le hacía declamar cada día, y ante todas las visitas, a Pushkin y a Lérmontov, así como componer odas y sonetos al deshielo o a la caída de la hoja. Si uno trataba de templar su personalidad en la disciplina y la dureza, en la ambición y el lucro, la otra demandaba del pequeño tacto y sensibilidad, elegancia y buen gusto.
El único buen recuerdo que, pese a todo, Sergei conservaría de su difícil niñez fue el de la prensa mecánica que tenía su abuelo en el cobertizo de las herramientas, dentro de las dependencias del caserón (o palacete, como prefería llamarlo su mamá) donde vivían los Etterbeck. Al pequeño le gustaba encerrarse allí las pocas horas que lograba escapar a los reclamos de sus padres. Y en cierto modo, cabe alegrarse de su predilección por la prensa mecánica, ya que en el cobertizo había también sierras y serruchos, martillos, zuelas y clavos de todos los tamaños, y alicates, tenazas, berbiquíes… Así pues, las consecuencias de aquellos escasos ratos de esparcimiento pudieron ser acaso peores; pero, por suerte, como decimos, lo que le gustaba a Sergei era jugar con la prensa. Su entretenimiento consistía en insertar diferentes objetos entre las dos paredes metálicas del artefacto y girar la manivela hasta que el objeto explotaba o quebraba. Si es cierto que Sergei Etterbeck descubrió aquel juego por puro azar o aburrimiento, en una de estas tardes tontas que tienen los niños de vez en cuando, no lo es menos que pronto tuvo la sensación de haber encontrado la vocación de su vida. La primera vez, lo que metió en la prensa fue un higo chumbo que llevaba en el bolsillo, al cual extrajo unas pocas gotas de espeso zumo. Enseguida probó con otros objetos simples que halló a mano: una manzana, un hueso de pollo, una piedra. Después, a medida que aumentaban su curiosidad y el lógico afán de superar sus límites, se atrevió con objetos más valiosos y escogidos, por los que más tarde preguntaban en vano su madre o sus hermanas: una muñequita de porcelana, un broche con incrustaciones de nácar, la pluma estilográfica de cierto antepasado. Y llegó, al mismo tiempo que su mirada de niño adquiría los visos de la demencia, a colocar seres vivos en la prensa: caracoles, grillos, sapos, ratones caídos en la trampa… De todas aquellas experiencias guardaría bellos y conmovedores recuerdos —todo tipo de crujidos, chasquidos, crepitaciones—, y en especial de la ocasión en que hizo añicos el globo terráqueo de vidrio que adornaba la habitación de una de sus hermanas, y de cuya desaparición Sergei se desentendió alegando:
—¿La bola del mundo? ¿Y qué iba a hacer yo con ella?
Aquella incipiente afición por la mecánica (que haría de él un estudioso obsesivo de la evolución del Universo) alcanzó su punto de no retorno el día en que el pequeño Sergei fue hallado inconsciente en el cobertizo de las herramientas, con el cuerpo vencido sobre el banco de trabajo y la cabeza dentro de la prensa, sobre un charquito de sangre que goteaba de su oído. Fue Tatiana, la poetisa rusa, su delicada mamá, quien hizo el terrible descubrimiento, del que no se sobrepondría jamás.
En ningún momento, sin embargo, los Etterbeck valoraron la posibilidad de que el pequeño hubiera metido allí la cabeza motu proprio. Antes bien, se quiso creer que fue cosa del abuelo, el viejo demenciado a quien hasta entonces se creía incapaz de romper un plato. Lo cierto es que, cuando Tatiana encontró a su hijo con la cabeza rota, y antes de caer desfallecida, pudo oír la voz de su suegro, que, trepado a la higuera, cantaba una polka.
Aquel pobre viejo pasó los pocos meses de vida que le quedaban encerrado en la sección de alta seguridad del psiquiátrico de Rimnucu-Vilcea. La poetisa, por su parte, permaneció dos semanas postrada en su lecho con dosel, disgustadísima e incapaz de leer siquiera un prospecto, y desde entonces fue adicta a los sedantes y a las rapsodias. Rutgeer Etterbeck, el papá apicultor, puso llave al cobertizo, una gruesa llave que para siempre llevaría colgada del cuello. Y las hermanas de Sergei se hicieron cargo del cuidado y vigilancia del pequeño, que saldría de aquélla con la cabeza ligeramente apepinada y la sensación de que el mundo se estrechaba sobre sus sienes permitiéndole liberar el oscuro jugo de su genialidad.
Y a pesar de todo, lo que con mayor orgullo y satisfacción recordaría siempre Sergei Etterbeck (y así lo contaría una y otra vez en las reuniones del Oblivion’s Club, incluso cuando él era el único que asistía a tales encuentros…) fue el placer experimentado durante aquellos pocos segundos previos a la pérdida del conocimiento, justo cuando ejercía a través de la manivela de la prensa el mayor grado de presión que sus fuerzas le permitían, cuando el dolor nubló su mirada y con el crujido de su cráneo sintió cómo se abrían las puertas de su liberación y atisbaba por un instante los anchos y luminosos campos de la independencia, que por siempre le serían negados.

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