Tres Reyes Magos

Los evangelistas aceptaron que uno de los reyes de oriente fuese negro para demostrar hasta qué extremo llegaba la clemencia del Mesías. Según Miguel Paz Cabanas (Tachycineta thalassina), su misericordia aún podría llegar mucho más lejos…
Ilustración de Manuel Sierra.

Sierra400.jpg
Tres Reyes Magos
por Miguel Paz Cabanas

Estamos calados hasta los huesos, llevamos media hora monte arriba, sin tregua, y no ha cesado de llover. Quién me mandaría fiarme de estos dos. “Es un chollo, Rafa, un chollo”, me dijeron, y aquí estamos, empapados, dejando que el agua nos corra como un río por la raja del culo.
El que no se inmuta es el Alto Horno: ahí está, justo enfrente, ajeno a lo que sucede abajo. Algunos dicen que de su boca brota el calor del infierno. Puede que sea así. Al menos, para mi viejo lo fue. Se partió la crisma yendo a soldar un tubo a cincuenta metros del suelo. Claro que iba bien cargado, el cabrón, y no precisamente de agua. Que le zurzan. Yo ya no le necesito. Lo único que necesito es un cigarrillo y una piba que me dé calor en esta noche de lobos.
—Gelo, dile a tu hermano que se deshaga de ese saco de una puta vez.
La cara que se le pone a Javi es un poema, parece que le hubiesen vomitado siete gatos.
—¡Es mi perro y lo enterraré como Dios manda! —exclama el muy majadero.
Su perro. Pobre alimaña. A quién se le ocurre enfrentar a un terrier con un pitbull de dos años: lo trabó por los huevos y no lo soltó hasta que lo hizo papilla. Incluso al Zurdo, que tiene el culo pelado, pareció inspirarle lástima. “No pensé que fueras tan gilipollas”, me dijo. Y lo peor es que tenía razón. Al fondo, sobre el filo del monte, se ve una luz oscilando.
—Agacharos, va a ser un guripa de ronda.
Aquí estamos, como tres reclutas, con la cara pegada a la tierra. Desde mi posición puedo ver la linterna, que se va alejando gradualmente.
—Ya se va. Con esta oscuridad y tanta agua, no sé ni dónde estamos. Javi, deja el saco y vete por esa senda a ver si das con la chabola.
A regañadientes, Javi suelta el bulto y sale de expedición. Aprovecho la ocasión para deshacerme del cadáver y hacerlo rodar monte abajo.
—¿Pero qué haces? —me recrimina Gelo— ¡Cuando vuelva, se va a poner como una fiera!
—Cuando vuelva, como no haya encontrado la chabola, lo que haré será enterrarlos a los dos juntos, ¿comprendes?
Hace un frío de mil demonios. Los inviernos, aquí, son como una manta vieja y helada. Mi madre dice que el agua le roe los huesos, como si tuviese una rata en la barriga. Odio las ratas, con sus rabos escamosos y sus ojillos negros, que parecen botones. Me pregunto qué necesidad tenía Dios de crear las ratas y los jodidos pitbull.
—¿Qué viene gritando Javi?
—Que en la chabola hay alguien.
—¿Qué cojones dices?
Es lo que nos faltaba: intrusos. A lo mejor, los rumanos que vinieron ayer a la feria, o algún yonqui podrido calentando la cucharilla.
—¿A quién has visto? ¿Qué has visto allí, Javi?
—¡La leche, tío, la leche!
—¡Para ya, hombre! ¿A quién has visto?
Nos examina a los dos con ojos asustados, como si fuéramos espectros salidos del mar.
—Una mujer…
—¿Una mujer?
—Sí; una negra.
Gelo me mira y se le dibuja una sonrisa radiante: me imagino por qué. De críos, lo único que memorizó en el colegio fueron los ríos de Africa: decía que cuando se hiciese mayor haría un viaje para conocer a los massai.
—Pero eso no es lo peor, tíos… —agrega en tono misterioso.
—¿Qué?
—Tiene un niño.
—¿Un niño?
Un niño… ¡Una negra con un niño…! Ahora sí que la hemos pifiado; por eso anda la bofia rastreando la zona: cazando ilegales en esta noche infernal. Sólo falta que den con ella y registren la chabola.
—¿Y qué hacía?
Javi se pone colorado, rojo hasta la raíz de los cabellos.
—Pues… creo que le estaba dando de mamar… —y suelta una risita ratonil, una risa que dan ganas de partirle la boca.
—Hay que joderse. Pues a mí no me ocupa la chabola por la cara nadie, la tenga negra o amarilla.
Gelo titubea, pero echa a andar detrás de mí, esquivando los charcos y los envases de cartón. Javi nos sigue, aunque de repente se detiene.
—¿Y Pulgas? ¿Dónde está Pulgas?
—No te lo vas a creer —le digo. El muy hijoputa estaba vivo. Se conoce que del susto saltó del macuto y se fue corriendo colina abajo.
Javi no sabe qué decir, naturalmente no se ha creído ni una palabra, pero su hermano lo coge por el cuello y lo arrastra con él. Joder, qué grima dan. Parecen dos titiriteros muertos de hambre, sólo les falta el simio y un acordeón.
—Si veis otra luz, al suelo inmediatamente —les apremio yo.
No deja de llover, es un diluvio infinito, el del arca de Noé. Me acuerdo de un año, en julio, que fuimos al Sur. Había playas de arena blanca y una luz que lo bañaba todo. Daba gusto. Mi madre nos prometió que volveríamos al año siguiente. Ese mismo otoño, se mató el viejo.
—¿Veis algo?
La chabola la construí esta primavera. No es gran cosa, varios bloques y una uralita, pero es mía: en ella guardo el hachis y los libros que robo en la biblioteca. Entro yo. Está oscura de cojones y no es que bromee con lo de la negra. Pero hay un olor extraño, un olor entre acre y dulzón que echa para atrás. Quien duerme dentro no parece haberse percatado de que estamos allí.
—Qué peste, tíos. No sé a qué huele —los dos me miran a la vez, con cara de pasmados. No sé por qué, de repente me inspiran algo de piedad—. Ahora salgo; esperad un poco.
Javi tiene razón: es una chica negra, muy joven, con un bebé en el regazo… Pero hay algo más: el niño acaba de nacer, está cubierto de una gelatina blancuzca. Junto a él, entre unas tijeras ensangrentadas, asoma el cordón.
Siento que me mareo y salgo afuera, a empaparme, a llenar los pulmones de aire y de agua.
—¿Os queda algún pitillo?
—Sólo negro —dice Gelo.
Yo lo miro como si fuese una broma.
—Ya te vale. Trae.
Son más de las cinco de la madrugada, tengo frío y no sé dónde meterme. No puedo ir a casa y despertar a la vieja: dentro de nada se levantará para ir a fregar portales y partirse los riñones. Le doy una calada al cigarrillo y la esfera de humo me baja directa a los pies.
—Gelo.
—¿Sí?
—¿Guardaste la lona que usábamos en el mercadillo?
—Está detrás.
—Tráela. Vamos a taparnos con ella. Estoy hasta las napias de calarme.
Gelo avanza muy despacio, silencioso, sin decir nada. Es un buen chaval, un poco corto, pero fiel. Si consigue salir de este sitio, a lo mejor sobrevive. O puede que no; puede que ya tenga reservado un pasaje en el barco de los perdedores. Tarda un rato y al fin aparece con la lona cargada al hombro.
—¿Y Javi?
—Está en la chabola, con la chica.
—Jodido capullo… —Hago amago de levantarme, pero me detiene con un gesto suave.
—Están bien los dos, de verdad. No les va a hacer ningún daño.
—¿Y si le da un ataque epiléptico de ésos? —pregunto alarmado.
Gelo se sienta junto a mí, bajo la lona y mira al vacío. El Alto Horno vomita una llama naranja y el cielo se estremece con su resplandor. Es como si expulsara a través de su boca algo más que gases, algo turbio, algo similar a la rabia. La rabia de sus muertos sin sepultura y de sus tripas llenas de herrumbre.
—Me dijo que cuando el niño le soltase el dedo, se venía.
—¿Cómo?
—Me dijo que había metido el dedo en la manita del bebé y que no se la soltaba. ¿A qué es gracioso? A la madre no parece importarle.
Lo que yo me pregunto es porqué la chica no ha salido de allí, porqué no ha gritado al vernos, qué es lo que espera que pase.
—No me extraña… Estará reventada y le dará igual todo.
—¿Escribirás esto en tu novela, Rafa?
—No es una novela, es un diario. Dame otro pito.
Encendemos dos cigarrillos con la misma cerilla, como dos pastores alrededor de la lumbre. Pero junto a nosotros no hay lumbre alguna, sólo este agua oscura, esta lluvia que se queda en la lona como una baba.
—Oye, Rafa… ¿Mañana no es Navidad?
Me subo el cuello del abrigo y miro hacia arriba, hacia la luna empañada que rueda por el cielo. Me parece ver, o quiero ver, el primer aviso que trae el alba: un festón color malva aplastado en el horizonte.
—Sí —le digo—; Navidad.
Esparzo la ceniza fuera de la lona y por el rabillo del ojo veo a Gelo sonreír, esa sonrisa que muestra sin pudor su boca desdentada. Qué hacemos aquí, me pregunto, lejos de todo, de nuestras casas, del pan caliente y la estufa de carbón. Luego me remuevo bajo la lona y le doy una calada al cigarrillo. Hace un frío de cojones. La lluvia, como una piedra, rebota con fuerza en el tejado de uralita.

Leave a Reply


8 − = cinco


Warning: Use of undefined constant bwt - assumed 'bwt' (this will throw an Error in a future version of PHP) in /homepages/19/d455156103/htdocs/leteo/wp-content/themes/leteo_theme/functions.php on line 77
Categorías del blog
Archivo del blog

Agreganos a tus feeds

 COLABORADORES
revistaleer datic

¡Visita nuestra tienda!