Último cargamento

«Vivimos como soñamos, solos.»
El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad.

El segundo viene otra vez a verte. Está preocupado por ti. Te anuncia que son las dos de la madrugada y te recuerda, respetuosamente, el frío de la noche, el frágil estado de tu salud, el duro día que os espera mañana.

– Le convendría dormir un poco -insiste, y tras una pausa añade:- No tiene por qué preocuparse, capitán. Todo está en orden.

Tú agradeces sus palabras y le despides:

– Buenas noches, Josef. Duerma tranquilo.

Y permaneces en la proa del barco, sentado contra el cabestrante, mirando obsesivamente la línea en calma del estuario y las luces en las dos orillas de la ciudad. No sabes lo que te retiene allí, pero tienes la seguridad de que no debes moverte. Luchas contra el frío y el cansancio, adoptas posturas incómodas para no dormirte. Pero al final tu cabeza se vence, y lo que te parece memoria de hechos recientes es ya el principio del sueño.

Es de noche y estás en la proa de la Nelly, satisfecho porque otra travesía ha concluido, río abajo desde el punto navegable más alto. El cargamento, esta vez, siete extraños baúles con destino a los siete mares; siete grandes cofres que al alba entregarás, cuyo contenido desconoces y no debes averiguar, aunque sus llaves te hayan sido confiadas en honor a los muchos servicios que has prestado. Pero esta última noche tu curiosidad no resiste más. El segundo ya ha de estar dormido, y el resto de la tripulación se emborracha en los burdeles de la ciudad. Tomas una linterna y bajas a la bodega. Te encierras y abres con ansiedad y miedo el primer baúl. Gritarías si el más puro espanto no te lo impidiera. El baúl es de hecho un ataúd para un miembro mutilado, una pierna sesgada limpiamente, sin desgarro. Empiezas a oír el odioso tam-tam de la jungla, causa de tantos desvelos. Abres los otros seis con progresiva urgencia, con la arrolladora lujuria de la sangre que un día conociste. La otra pierna. Un brazo, otro. La llama de la linterna crea sombras que danzan a tu alrededor. El quinto baúl contiene un torso que ya te resulta demasiado familiar, y tu garganta emite un bronco sonido -risa o sollozo, no resulta claro- al comprobar la hendidura practicada en el pecho. Abres el penúltimo baúl y te atreves a acariciar el rostro dormido, sus inconfundibles facciones. Un infierno bombea en tu cabeza al ritmo de los tambores y recuerdas la hilera de cabezas empaladas que flanqueaban el paso hacia Kurtz. Y cuando levantas la tapa del último cofre, con la vista nublada, con rojo y negro de calderas a toda máquina en tu frente, tomas tu corazón que aún está terminando de latir, lo estrechas como a algo que hubieras perdido hace mucho tiempo y, seguro de que nadie escuchará tus últimas palabras, te derrumbas.

Al alba la actividad comienza en la yola. Se oyen suelas arrastradas por la cubierta, luego zancadas y una mano que aporrea con urgencia la cabina del segundo de a bordo quien, por más que no quiera creerlo, ya sabe lo que va a escuchar y sale tropezando a cubierta, corre a la proa y se encuentra con tu cuerpo encogido y cubierto de escarcha. «Capitán -dice-, capitán Marlow…». Y cuando se inclina para sacudirte, retrocede, cae espantado y no puede evitar el ademán de cubrirse los ojos al ver en tu rostro la expresión, apremiante y alucinada, de todo el horror que has conocido.

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