Un millón de muertos

Están locos si piensan que saldré de aquí. Están locos si creen que cederé mi lecho, mis muebles, la silla en que me balanceo al atardecer. Mientras conserve un gramo de ira, un soplo minúsculo de fuerza, no consentiré que me expulsen de aquí.

Viene a mi memoria, con fiel exactitud, el engañoso comienzo: cuando todo era alborozo y creíamos, unidos por la aventura, que lo pasaríamos en grande. Ibamos en capilla, confiados, anhelosos por llegar al refugio. Nos sorprendió la tormenta en el Valle, su estrépito bronco y bárbaro. Los relámpagos (culebras de oro) y los truenos (negros timbales) nos llenaron de pavor. Alguien señaló la casa entre las peñas y rompimos a correr. Pero el único en advertir el peligro fui yo: el puente angosto, las tablas frágiles, nuestro grupo bisoño y civil. Me giré para dar la alarma, pero era demasiado tarde: entre un mar de astillas, como piezas de ajedrez, todos se fueron al fondo. Sujeto al último cabo, balanceándome en las tinieblas, pude ver, impotente, cómo se los tragaba el abismo.

Los primeros días en la casa fueron horribles. Pensé que el hambre, o la soledad, me harían enloquecer. Exploré los rincones con celo y sólo hallé despojos: carne dura, pan rancio, un puñado de nueces amargas. Algo de lo que devoré me provocó delirios y estuve cerca de morir. Me soñé girando en una esfera, como un gusano en una bola de cristal.

Poco a poco, de modo insensible, conseguí hacerme a ella. Dormía mucho, era prudente, procuraba ahorrar energías. Vivía casi del aire que impregnaba sus cuatro paredes. Y de las luciérnagas, siempre brillantes, siempre carnales al caer la noche.

Fue una noche, precisamente, cuando los oí por primera vez. No susurros, ni pasos torpes, sino algo de mayor magnitud. Sonidos tensos y oscuros que me infligían un leve terror. Aquellos ruidos, crecientes, se intensificaron semanas después. Eran rítmicos y velados, siempre al morir el día. Me hicieron evocar los muertos y su lúgubre destino: el río, furioso, los habría llevado al mar… Y sólo los buitres, de alas inmensas, podrían llegar hasta ellos.

Una noche lenta y oscura me inquietó un golpe en la ventana. Por primera vez imploré a Dios su auxilio, su insondable y remota piedad. Fue complaciente, diré magnánimo, y reparó en mi burda oración. No los escuché por un tiempo y simularon dejarme tranquilo. Pero yo sabía, finalmente, que no se olvidarían de mí.

Hubo, como dije, una pausa entre tanta zozobra. Los días se volvieron eternos y se sumieron en una grata dulzura. Me sentía a salvo de las nieves y de la remota tempestad. Pero era una calma falsa lo que me reservaba el destino. Llegado el momento – lleno de golpes y furia -, sitiaron la casa y supe, con una certeza inexorable, que serían legión.

Ahora (mientras lucho con encono, mientras bloqueo la puerta maltrecha), sé que mi suerte será esquiva. Pero están locos si piensan que saldré de aquí. Por tenaces que sean, por puñales que esgriman, les plantaré cara sin temor. Emplearé mis últimas fuerzas y me aferraré a este cordón sangriento. Incluso ahora, cuando los siento a mi lado y, en el paroxismo de mi humillación, mientras me flagelan las nalgas, les oigo decir:

– ¿Qué es, doctor?

– Un varón

– ¿Es un niño?

– Exactamente. Y, por todos los santos… ¡Creí que se negaba a nacer!

Incluso ahora, mientras me acuerdo, no sé porqué, de la tumba de látex donde murieron mis compañeros.

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× 6 = cincuenta cuatro


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