Una meSIada particolare (y II)

Donde continúa el relato encontrado por nuestro estilita en una de las raras ocasiones en que le da por limpiar su bochinche.

…Con su flácido miembro de hombre de cincuenta trabajados años cogido con precisión entre el pulgar y el índice de su mano izquierda (para mas «inri» nuestro personaje es zurdo, al menos para estas tareas), Laureano comienza su rutinario «recreo intelectual» con la precisión y el aplomo de un soldador de autógeno. La líquida sustancia es vertida en una regular y cantarina cascada, que Laureano dirige con magistral pericia hacia las pequeñas islitas marrones que aparecen allá abajo, perdidas en el esmalte que alguna vez quizás fue blanco. Tras una moderada cantidad de blanca y hasta un poco tropical espuma acre, el salinoso líquido se pierde suavemente, como fundiéndose con la noche, en las oscuras entrañas del cíclope. Estas disquisiciones, por supuesto, no las hace nuestro amigo, que, mucho más realista, aprovecha estos momentos de deleitosa recreación anímica para pensar en cosas tan concretas como la factura del gas, el maldito regalo que tendrá que hacerle a su suegra, o en cómo diablos anda el asunto del señor Ogino. Al mismo tiempo va pasando su mirada por los detalles vistos una y mil veces: el baldosín resquebrajado que parece, echándole mucha imaginación, cierta parte del cuerpo femenino; restos de un graffiti que ponía en tela de juicio el origen genético de don Facundo, el director-gerente; ciertas siglas talladas en el marco de la ventana…
Laureano (de pequeño habían querido inventarle un diminutivo, pero «Laure» quedaba muy soso y de lo que restaba del nombre más valía no hablar) tenía calculado todo instintivamente; ahora venía el receso, bajaba el volumen de líquido expulsado por segundo; luego un corto goteo y después el «cese total de actividad» con la consiguiente reincorporación al trabajo. Pero esta vez algo no iba bien: el volumen no sólo no bajaba lo más mínimo, sino que incluso parecía ir en aumento.
Ya no quedaban islitas que destruir y sin embargo el orín seguía fluyendo ampulosa y descaradamente. El señor Renduelles comenzó a notar cierta preocupación ascendiéndole por el tubo digestivo; “algo no marcha”, pensó. Y no se equivocaba, porque en aquel generoso, procaz y cálido chorro no renunció un ápice a su abundante caudal en los siguientes siete minutos.
Laureano se hallaba aturdido y desesperado. ¿Cómo era posible que de un organismo tan reseco y poco dado a excesos de cualquier tipo como el suyo surgiera tal portento acuoso? Todo era ilógico y absurdo, ¿acaso se había convertido en la boca de desagüe de sabe dios qué extraño universo líquido?
Y, así, o con parecidas cávalas y angustiosas preguntas, transcurrió… ¡toda una media hora! Fuera, en la oficina, por alguna extraña coincidencia, nadie había vuelto a acordarse del infortunado Laureano. Fue Rufino, el botones, quien al ir a echar, como él decía, “una larga y cálida” encontró al pobre don Laureano, lloroso y paralizado de horror, dentro de un enorme charco amarillento.
A partir de aquí, todo fueron experimentos, preguntas y extrañezas. Laureano seguía meando, meando, menado en plan burro, y nadie podía ni siquiera sospechar la más remota causa de tan desaforado portento. Se especularon todo tipo de teorías, físicas, parasicológicas, esotéricas y hasta teológicas, pero sin resultado positivo alguno. Médicos, magos, “flechas meones”, sacristanes, brujos, obispos y hasta repartidores del butano se habían dado cita ante la cabecera del extraño enfermo, sin poder aportar una solución aceptable. Hubo quien habló de una rara incidencia astral que propiciaría la coincidencia de un punto de desagüe sideral, por el que mundos enteros se liberaban de sus toxinas, con el organismo del oficinista. Otros trajeron a colación extrañas teorías relacionadas con otras dimensiones en que se unen mundo físico y subconsciente colectivo. Y, por supuesto, no faltó quien lo simplificó todo arguyendo que la prolongada micción del señor Renduelles no era otra cosa que un castigo divino.
Hoy, tras quince años de ininterrumpida efusión meaticia, Laureano, ya casi acostumbrado a su peculiar funcionalidad orgánica, se halla internado en el “Investigation Institute” (USA). Por medio de unos tubos de material plástico flexible se ha logrado canalizar el líquido excretado hacia el desagüe general del centro. La vida de Renduelles es bastante placentera, aún con el engorro de su flujo constante, pues se ha convertido en toda una celebridad clínica. Lo que preocupa en estas fechas a los responsables del centro es un sospechoso color amarillo que comienza a teñir el río Mississipi de forma demasiado patente.

¿Fin?

One Response to “Una meSIada particolare (y II)”

  1. Miguel Says:

    Á¡La próstata convertida en numen! Soberbio relato, Toribios…y torrencial, qué duda caba

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9 − cuatro =


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