Viaje por los sueños

Sueños y mitos, lobos y labios. La siguiente entrega de las colaboraciones incluidas en la sección temática de nuestra revista la firma Sergio Santa Cruz. Ilustra, Enrique Rodríguez «Guzpeña».

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Viaje por los sueños…
…o un tributo a Michael Ende
por Sergio Santa Cruz Santamarta

El hombre, tendido sobre la litera del camarote, dio una remolona vuelta entre las sábanas mientras Diana empezaba a sentir cómo se diluían sus miembros en la brumosa atmósfera del muelle.

Una mujer entró en el camarote. Se desnudó y desperezó. Se inclinó para imprimir un beso en la boca entreabierta de su amante que se resistía a despertar. La mujer renunció a tener un encuentro amoroso y, al calor de las sábanas húmedas, se durmió.

Diana era ya apenas una silueta transparente cuando un lobo, guiñándole un ojo, se acercó a ella y susurró. – “Es el momento, monta sobre mi lomo y saltaremos antes de que duerma profundamente. ¡Fíjate! El sueño de la mujer se está formando, es ahora o nunca.” Lo hicieron. Saltaron atravesando la espesa cortina de vaho sudoroso para caer sobre un terreno mullido, de intenso y verde musgo.

Se miró las manos. Volvían a tener la apariencia normal de piel rosada y tersa en la que podían apreciarse las líneas marcadas de sus venas. Sentía un frescor agradable que reconfortaba aquellos últimos instantes de angustia a desaparecer en el sueño de su anterior anfitrión. Se sentía más liviana, aunque no le preocupaba en absoluto. Hacía apenas dos horas que había dejado atrás un estado de carne y hueso, de años de amarga soledad, de calles vacías y camas emplumadas de vino rancio. En este nuevo estado sin recuerdos ni nostalgia, aceptaba la oportunidad que se le brindaba.

¿Diana? ¿Quién era Diana? ¿Acaso era ella? No importaba. Diana no significaba nada. Ahora podía ser Carmen o Manuel, incluso podría tener una existencia no humana. ¿Podría? ¿Por qué no? Un ser mitológico, una planta maravillosa, un monstruo, o puede que una acuarela. Sí, eso sí que le gustaría. Convertirse en acuarela diluyendo en agua de colores todas las formas que quisiera y nacerlas cada noche. Las posibilidades eran infinitas aunque la duda de cómo perpetuar aquella existencia y no esfumarse como casi había ocurrido mientras ocupaba el sueño del hombre del barco la atemorizaba. ¿El hombre? Casi no lo recordaba y buscó desesperada al lobo que la había guiado hasta allí.

Delante de ella se alzó un bosque de troncos de plata y hojas de papel de seda. Un camino de negra turba se abría paso entre ellos y pudo escuchar con claridad la voz del lobo que la instaba a seguir aquella senda.

Se sorprendió al comprobar que con cada paso, una nota de percusión brotaba bajo sus pies. Cuanto más rápido caminaba, mayor fuerza y sentido cobraba aquel ritmo. Alzó una mano con una cadencia sensual y vio que desprendía una estela púrpura al tiempo que rasgaba notas de cimbalina. Alzó la otra y una estela azul sacaba sonidos a un antiguo laúd. Era maravilloso. Jamás en su vida mortal había aprendido a tocar un instrumento, ni siquiera la flauta del colegio, y ahora, a medida que avanzaba por el bosque de plata y hojas de papel de seda, saltando, corriendo, moviendo los brazos y haciendo piruetas, creaba escalas y arpegios que ascendían como el vuelo de las aves y descendían con la furia de las cascadas. Creaba música con el movimiento de su cuerpo. Era música pura. Emprendió una carrera componiendo un fastuoso redoble de darbucas y d`jembés. Se detuvo. El bosque entero desapareció dejando una lisa pradera repleta de lobos: unos, grises como aquel lejano muelle donde empezara su aventura; pardos como canela recién molida, otros; zainos los menos y un único lobo blanco, al fondo, sobre una laja de pizarra azul.

La inquietud se apoderó de ella pero se mantuvo serena. Dio un primer paso sin producir sonido alguno. Con el segundo, los lobos más cercanos postraron las patas delanteras en señal de respeto. Confiada por esta reacción, dio un tercer paso ante el cual se liberó un pasillo que conducía al níveo ejemplar. Caminó erguida y muy segura de sí misma, mientras los lobos desaparecían tras ella fundiéndose en un mar de espuma que ronroneaba complaciente. Se detuvo a pocos metros del ejemplar. Él se dio la vuelta enseñando un rostro híbrido: las fauces, como un tatuaje en relieve que naciera del húmedo hocico, enmarcaban los ojos amarillos; los labios sensuales; de la barbilla discurría una fina barba blanca, algodonosa, que se extendía por la garganta, los hombros y la parte exterior de los brazos.

Se levantó con deliberada lentitud descubriendo el torso desnudo, humano y bien formado. Extendió los brazos hacia delante, con las palmas hacia arriba, en señal de bienvenida. La quietud era absoluta, tan solo el rumor de la espuma sin rocas donde romper su hechizo.

Fue entonces cuando ella sufrió su propia transformación. De su cuerpo emergían nubes anaranjadas que se materializaban sobre la espuma como barcas; gigantescas hojas de roble salpicando de colores el paisaje. Sobre ellas todos los personajes que habían poblado sus sueños desde niña: el arlequín de cuadros rojos, verdes y amarillos, con cascabeles de oro en los extremos del gorro azul; la princesa-cisne de los cuentos de su madre; el temido ogro que devoraba niños vivos; el amante desconocido de sus sueños eróticos; ella misma flotando sobre la ciudad oscurecida… Estaban todos allí, mirando desde las frágiles embarcaciones.

Supo entonces que jamás desaparecería. Había superado las pruebas para acceder al reino, había confiado en los lobos, disfrutado y maravillado de los paisajes, y, sobre todo, no había sucumbido al temor ni a la nostalgia de su vida terrenal. Ahora, en ese estado de etérea vaporosidad podía fundirse cada día en un ser diferente. O en el mismo si lo prefería. Tenía por delante la eternidad para aprender a dibujarse en acuarelas multicolores.

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