Vuelve a ser la noche pendenciera

Yo creo en la sobriedad cogitabunda de este hombre y creo entender ahora muchísimas más cosas. Cosas, muy probablemente, que sin figurar en guión alguno, de improviso, como siempre acaece, las leemos con riesgo y tanta desproporción que hasta nos parecen mentira. Siquiera cuatro gotas de mentira.

Así se va cerrando el Elogio del proxeneta, con palabras de un tal Horacio Estanislao Cluck que a saber si no será transfiguración o primo tercero o cuarto de Luis Miguel Rabanal.

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A Luis Miguel lo hemos imaginado mucho con la cara y las gafas que tiene en «Variaciones», su primer poemario. También con seis o siete años y pantalón corto, haciendo ríos con la lluvia y los desnevios de su Olleir. O en el momento de derribar al flamante delantero que osaba desmarcarse: «No te creas, yo era un defensa trabajador, lateral izquierdo». E inevitable, en fin, buscarle al niño, al jugador y a aquel joven lector de Jacques Prévert, posibles parecidos con el proxeneta J.L.C., tan dado a convenir meretricios y refriegas, costes y cancelaciones desveladas, envuelto en su sufrida manta de Astorga

Variaciones y divagaciones aparte, el echador de palabras Luis Miguel Rabanal sigue dando paz y dando guerra, y este viernes nos juntaremos a glosar su obra procurando no destrozarla demasiado. Contamos con su bendición, o por lo menos con su santa paciencia. Tomen nota:

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Aquí la entrada del 24 de octubre, que arranca con el título anterior y sigue monumental, atiendan:

«[…] Un desalmado reivindicó arrancar a dentelladas la tetilla derecha, la más bonita, de Virginia. Hombre, eso no se hace. Me mencionan fábulas que ni siquiera quiero oír. Y por descontado, bañada en lágrimas me muestra su estropicio, precisamente esta noche en la que el Valium 100 me predisponía a echarme un sueñecito en un escondrijo de la Casa hoy, ya veo, fatalmente atribulada. Los grandes ojos de Virginia, si los miras con cautela, me comentaba por la tarde Berenice C., personifican una constelación de semejanzas. Yo distingo ahora en ellos, además de su dolor y mi cabreo, caballos desbocados y críos que se tiran piedras a los dientes y carillones que adelantan a la vez y un cisne anémico y trocitos de pan mojados en las dunas y un cabás antiguo atiborrado de reinetas y una mujer incandescente que suplica y pájaros presumiblemente carpinteros y zapatos de tacón en medio de la lluvia y pisadas de ardillas en el parque sin brumas de Quevedo. Acaso no sea sólo esta la razón por la que me enloquece la muchacha. Me presenta con reserva, a continuación, sus senos y se señala la exacta hendidura enrojecida en donde ese salvaje quiso derramar su placer, si cabe aún más acritud, y se me abraza mientras, muy, pero que muy, pausadamente, llora. ¿Qué indicaciones para el futuro podría regalarle, a ella que gimotea tanto y es bellísima?»

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